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Divagando en la vida de un vago

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 17 oct 2020
  • 2 Min. de lectura

Durante la pandemia he tenido mis días buenos y pésimos, aún no supero que siga vivo con todo lo que he vivido, con simplemente ver al techo, respirar y ver el fantasma de una chica que se mueve de manera desesperada por lo calurosa que está mi habitación. Ella me marcó como las huellas de unas manos en cemento húmedo, me tocó y eso fue permanente, en mi cabeza ni siquiera podía oír lo que me decía, en ella, sólo podía verme acostado desnudo contigo, pero también estoy listo para morir sosteniendo su mano.


Recuerdo esos juegos de mesa, ese billar y esas cervezas que ella me invitaba. Ella tenía el don de hacer ver lo doloroso y encantador, pero aún así, la simulación salió mal y no mentiré, fue lo más bello que hasta ahora he tenido, porque siempre nos sentabamos en un balcón a tomar cerveza y hablar del desamor que hemos experimentado. Ahora, en la puerta del adiós te pido perdón. Mi amor, no pude ver si te perdí en el laberinto de las horas, pero, de igual manera, ya aprendí a perder. Ojalá tú que estás leyendo esto, no seas igual de cínico e idiota que yo, no te ahorres los comentarios ni las miradas, yo la veía para ver si me correspondía, le escribía lo que no pude decilre, me duermo para al menos, poder soñarla y volver a verla, aunque sea una vez más.


Ahora somos desconocidos, fuera de nuestra realidad lejos y desvalidos. La puerta está cerrada, el insomnio me destruye hoy al vernos por la ventana entre sombras y no sé a dónde voy. Al final quedé aquí solo con un fantasma, un espectro de ella que tal vez me hace entender que no me extraña.


Por: Daniel Cruz


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