Errar es de humanos
- Contenido Línea Prensa - El Ágora
- 29 mar 2022
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En el momento en que el hombre levantó los ojos hacia mí, supe que estaba en serios problemas.
Las instrucciones que debía seguir no podían ser más claras: ingresar al segundo sector del invernadero, extraer la muestra, asegurarla en la cápsula y salir sin ser visto.
Era sábado, tres y veintidós de la madrugada; el último lugar en el que debería estar aquel hombre era el invernadero. Según nuestros estudios de comportamiento, se suponía que él debía estar tumbado en una de las cincuenta y dos tabernas de la ciudad, alcoholizado hasta la inconsciencia. Lo habíamos observado atentamente durante los últimos sesenta y un días, y no había faltado ni un solo día. Todos los análisis de nuestro grupo de observadores habían concluido lo mismo: aquel hombre debía de estar en la tercera taberna en la séptima calle hacia el norte de la ciudad, bebiendo del cuello de la botella del whisky ostentosamente costosa que le impedía tener una cuenta bancaria al día.
Excepto que no lo estaba.
Durante los primeros dos segundos, la información que los ojos del hombre estaban absorbiendo no parecía ser procesada por su cerebro. Su mente no estaba preparada para ello, de todas maneras. No podía culparlo. Si hubiera estado en su misma situación, puede que hubiera dado un paso atrás, como suelen hacer las personas cuando experimentan una sobrecarga de información; acompañada quizá de la patética perplejidad que les impide tener control de su cuerpo durante aquella fracción de momento en que se tardan en comprender lo que tienen enfrente.
Tal vez podría tener una actuación aceptable de este penoso fenómeno, que tantas horas había estado estudiando durante los últimos nueve ciclos estelares (aproximadamente treinta y dos años, dos meses, siete días y tres horas en mediciones terrestres del tiempo).
Sin embargo, al tercer segundo de nuestro encuentro, sus músculos faciales se deformaron en una de mis expresiones favoritas: el horror.
Mi posición en el laboratorio no incluía un curso de ‘Cómo Hablar Con Personas Que Experimentan El Horror Crónico’, pero la urgencia de la situación me obligó a hacer mi mejor esfuerzo.
—Por favor —dije, levantando a la altura de mi cabeza las muestras biológicas que estaba sosteniendo—. No…
Antes de poder terminar de hablar, el hombre hizo justamente lo que me temía. Inhaló aire con violencia, colocó una mano sobre su pecho y otra sobre la puerta, y abrió la boca en un estruendoso alarido.
¿Cuál es la expresión que suelen usar las personas cuando ocurren situaciones realmente desastrosas? La encuentro realmente vulgar, pero útil para expresar el torrente de pensamientos abstractos, preocupaciones y recuerdos de distintos protocolos de emergencia que tuve en aquella fracción de segundo.
Ah, ya la recuerdo.
Mierda.
—Tengo que estar enloqueciendo.
—Señor, por favor…
Otro alarido, esta vez apuntándome con su dedo índice como si fuera un arma. Sus ojos parecían estar a punto de saltar de su cráneo, situación para la que tampoco había sido entrenado.
¿Acaso no se daba cuenta de lo peligroso que aquello sería para él?
Como mis dos anteriores intentos de seguir las reglas de la cortesía no habían sido fructíferos, decidí ser directo y preciso en mi tercera intervención hablada.
—¿Qué hace usted aquí?
Las personas me fascinan. En momentos de absoluta confusión y miedo intenso, logran concentrarse en una labor a tal punto que consiguen recuperar un pequeño porcentaje del control previamente perdido.
En este caso, el hombre me miró como solía observar al asistente del banco cuando le explicaba por qué su deuda de crédito se mantenía en números tan grandes. Era una expresión difícil de comprender, una mezcla de confusión e indignación.
—¿Cómo dice? ¿Que qué hago… que qué hago aquí? —el hombre miró a su alrededor como si buscara algo. Luego volvió su atención a mí— Trabajo aquí.
—Son las tres y veinticuatro de la madrugada. Su jornada de trabajo es de lunes a viernes, con hora de inicio a las siete en punto de la mañana, y hora de salida a las seis y treinta de la tarde. Hoy es sábado, por lo que no es día de trabajo; y es de madrugada, que tampoco está dentro de su horario laboral. Por tanto, ¿qué hace usted aquí?
La mano le tembló cuando se agarró el cuello con nerviosismo. Cuando habló, su voz salió temblorosa.
—¿Cómo demonios sabes eso? ¿Acaso me han espiado? ¿Por qué? Es más, ¡¿qué demonios quieres de mí?!
Quisiera que hubiera seguido su patrón de comportamiento normal y se hubiera emborrachado, como llevaba haciendo cada sábado desde que habíamos iniciado el periodo de observación y análisis.
Quisiera que nuestros Analistas de Riesgo y Contención de Tragedias hubieran considerado la posibilidad de que un desastre como este podía suceder, para que al menos hubiera un plan al que me pudiera ceñir.
Quisiera que el Consorcio de Estudio y Observación Humana no se hubiera percatado de los niveles inusuales de actividad radioactiva que pululaban en aquel invernadero sin ser advertidas por ninguna de las quinientas veintisiete personas que trabajaban allí; y que, por consiguiente, no hubiera ordenado la inminente operación de Recolección de Muestras Biológicas Humanas Potencialmente Catastróficas.
Quisiera que aquellos humanos no se hubieran metido en las profundidades de la corteza de su planeta a buscar lo que no se les había perdido; que no hubieran decidido cultivar las sospechosas semillas que, en su humana ignorancia, no supieron identificar como altamente peligrosas.
Quisiera que los incompetentes agentes que habían sido asignados a eliminar las semillas tres siglos terrestres atrás hubieran hecho el maldito trabajo que debían de ejecutar con la minuciosidad que había requerido. ¿Cómo se les había ocurrido dejar un puñado de veintidós semillas de nuestros Laboratorios Experimentales con Sustancias Peligrosas como si fueran simples piedras en el camino? ¿Acaso no había sido claro el Consorcio en aquel entonces de lo mortal que aquellas semillas serían, no sólo para la vida de toda la especie humana, sino también para su planeta entero?
Quisiera que, de todos nuestros agentes no me hubiera sido asignada esta misión en específico, a pesar de que había demostrado ser el más apto para llevarla a cabo.
Pero, sobre todo, quería que aquel hombre se callara.
—Señor, sepa que lo lamento mucho.
—¿Lamentar? ¿Qué…? —Entonces sus ojos se encontraron con el Mecanismo de Emergencia que el Departamento de Riesgos nos obligaba a cargar en cada misión. Pensé que no era posible, pero su rostro palideció aún más—. Por-por favor…
—No hago favores.
—N-no…
—No me diga qué hacer.
A pesar de las trescientas cuarenta y siete horas con cincuenta minutos de entrenamiento en manejo de todas las armas de fuego creadas por los humanos desde el siglo XV (en años humanos), y del adiestramiento en el manejo de los impulsos y reacciones naturales e involuntarias de mi cuerpo, experimenté lo que los humanos describen como mórbida satisfacción al observar el momento preciso en que el hombre se dio cuenta de que no volvería a disfrutar de la frescura de la brisa del atardecer, de que no volvería a ver a la esposa que en esos momentos estaría esperándolo en cama, ni del placentero adormecimiento de sus preocupaciones mortales al beber su cerveza favorita.
Consideré dejarlo vivir. Durante una microscópica fracción de segundo humano, pensé que quizás aquel hombre no merecía morir por las plantas que estaban creciendo a una peligrosa rapidez. Si bien él había estado en el grupo de los desafortunados que descubrieron el paquete de las semillas en las profundidades del pozo que estaban construyendo para desenterrar especies olvidadas, aquel hombre no había sido de los inútiles que las había colocado allí en un primer lugar. No era su culpa haber descubierto los errores de nuestra Organización.
Pero aquello implicaba reconocer que me había equivocado. Que toda la Organización había cometido un error hace trescientos años terrestres. Los culpables habían huido a alguno de los planetoides fuera de nuestra jurisdicción, así que mientras que estos no fuesen encontrados, las semillas debían permanecer ocultas ante el resto de la galaxia. Un error de tal calibre amenazaba con cerrar la Organización, que tanto había ayudado al Consorcio y a los Planetas de la Unión a prosperar fuera de las entrometidas narices de los pocos humanos con mentes demasiado despiertas para su minúscula Tierra.
Y eso, admitir que se había cometido un error, era impensable. Imposible. Inaceptable.
Errar es de humanos. Al final, yo había cumplido con mi labor. La Organización había llevado a cabo su labor con minucioso cuidado, considerando los posibles riesgos que cada operación implicaba. Y si ellos habían decidido llevar a cabo el operativo, entonces debía ser ejecutado.
Había sido el hombre el que había errado al decidir no alcoholizarse esta noche.
El Mecanismo de Emergencia funciona de una manera muy similar a las armas humanas. Similar sólo al hecho de quien está del otro lado del cañón no sobrevive. Tras accionarlo, sólo se escucha un zumbido a una frecuencia tan baja que pocos oídos humanos llegan a detectar.
Al abandonar el invernadero, lo único que queda son dos pequeñas manchas grises cerca de la puerta, donde estaban los pies del hombre.
Autora: Ana María Lotero Gómez
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