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La verdad duele

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 30 abr 2020
  • 3 Min. de lectura


Cerca del rió Magdalena en el departamento de Bolívar, municipio del Arenal, un pueblo donde los valles y afluentes generan un hermoso deleite para los sentidos de todos sus habitantes, un lindo paisaje para los ojos, un incitante olor a flora para el olfato y el apetitoso sabor gastronómico, reunía las expectativas para ser un buen vividero. Además, era un lugar por donde las generaciones familiares podían quedarse y seguir con los trabajos de sus padres y abuelos, como lo era la carpintería, la cosecha, la ganadería y la pesca, entre otros oficios que le darían el pan de cada día a sus hogares.


Pero, en el pueblo sin diferencia a otros, las historias y cuentos que suelen ser el folclor del lugar no iban a quedarse atrás. Alfonso Bonilla, un señor de edad avanzada que desde muy pequeño era mudo y de aspecto sorprendente; llamaba mucho la atención de los habitantes del pueblo por sus pelos largos, su columna encovada y su grandes ojos. Ojos que pareciera que siguieran por varias cuadras a quien se atreviera a verlo.


Se decía que era el hijo de una mujer que solía cosechar cebolla a las afueras del pueblo y que su principal característica era que jamás sonreía. Una de las características que su hijo había tomado, el no sonreír jamás.


Pasaron años, y muchos de los habitantes del pueblo pensaron que era el único hombre que no se sentía feliz en el sector donde la alegría y el buen vivir, están de la mano con todos sus residentes. En ocasiones pensaron que estaba loco, en otras que era un brujo y que la felicidad impedida sus planes malignos; pero la más conocida, y que más le llego a la gente, fue que era un hombre infeliz por culpa de sus habientes.


El 24 de septiembre, un día en el cual se celebraba la fiesta de la virgen de las Mercedes, el alcalde Pedro Aguilar, al finalizar su discurso de agradecimiento a los participantes del coro y las danzas, añadió que deberían tomar medidas necesarias para la tristeza e infelicidad de Alfonso en el lugar. Algunas personas opinaron que deberían sacarlo del pueblo, otras opinaban que deberían matarlo; finalmente, la decisión quedo a la frase de un niño que se acercó y dijo que deberían hacerle fiestas como la de hoy, para que algún día pudiera sonreír.


La opinión del niño dejó la boca abierta a muchas personas, pero todos quedaron de acuerdo en hacer la petición que el infante aportó. Entonces, todos los domingos después de la misa de las 10, los habitantes llevarían partes de sus cosechas y productos para celebrar la fiesta de Alfonso, el hombre que jamás sonreía.


Por meses, cada domingo a Alfonso le celebraban una fiesta; reunión en la cual no faltaba el vino, el pan, la cerveza y los pasteles. Además, lo colocaban en un altar para que los mejores cantantes, grupos de bailarines y comediantes, pudieran darle de su excelente material para lograr una sonrisa al amargado hombre. Pero, a pesar de todo el esfuerzo, el hombre que jamás sonreía no regaló una sola mueca.


Pasaron los años, y las personas del pueblo seguían celebrando la fiesta del domingo después de la misa de las 10, aunque sabían que no lograrían nada del famoso y desafortunado hombre. Sin embargo, la mañana del domingo el 2 de julio, Alfonso no asistió a su banquete del cual frecuentemente se le esperaba. La mayoría de las personas se asombraron de que el hombre no asistió como de costumbre a su fiesta, lo que llevó a toda una multitud a la casa del anciano para saber que le había pasado.


Una desagradable noticia dejó en llanto y dolor a los pobladores; el doctor del pueblo conocido como “el llena tumbas”, afirmó que Alfonso había muerto de gripa el día viernes. La población quedó muy disgustada porque en esos 4 años no pudieron ver sonreír al hombre, además de su inigualable esfuerzo en sus aportes en vano, dejándoles un amargo sabor en la garganta a los habitantes del pueblo que supuestamente era el más feliz de Colombia.


En el velorio de Alfonso, toda la población del sector asistió para desearle el último adiós, pero se notaba la incertidumbre de lograr ver por tan solo una vez la sonrisa del anciano. Sin duda alguna, todos decidieron acercarse al féretro y abrirle la boca, una decisión de la cual dejaría la boca más abierta a los habientes que al mismo Alfonso. Al momento de abrir sus labios se dieron cuenta que el anciano nunca había tenido dientes y, en sus manos que habían quedado en forma de puño, una nota enrollada y sucia que decía “soy el hombre más feliz del mundo”. En ese momento, todos comprendieron que las sonrisas no suelen representar la felicidad de las personas.



Por: Luis Bravo

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