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Las máscaras más bellas del mundo

Contenido Línea Prensa - El Ágora

Desde pequeños, hemos vivido escuchando historias de “buenos” y “héroes” batallando contra los “malos” y “villanos”. El bien y el mal, la rivalidad más antigua de la historia de la humanidad. De manera que, cuando crecemos, tenemos la concepción de que somos los únicos protagonistas del mundo, de la historia que vivimos, y aquellos que “nos hacen mal” son, por consiguiente, los antagonistas.


Sin embargo, en la vida real, los papeles del héroe y el villano son mucho más complejos. Nadie es absolutamente bueno, y nadie es absolutamente malo. Es imposible solo desear el bien, es imposible solo tener pensamientos positivos y es imposible actuar “bien” durante toda la vida. De igual manera, también es imposible que una persona exista solamente para hacer caos en el mundo, para hacer daño a la gente, para herir a los demás.


Nadie posee tanta bondad en el corazón, y nadie posee tanta maldad en el corazón. Solo los personajes de papel son de características tan planas como “blanco” y “negro”.

Los seres humanos somos mucho más. Sí, podemos tener bondad, pero de la misma manera podemos tener sentimientos retorcidos disfrazados de razones que creemos justas y necesarias. Creemos en sacrificios por un bien mayor. Creemos en todo lo bueno que aquel acto de violencia traerá para toda una comunidad. Creemos en un futuro mejor, pero para llegar a él habrá que cruzar terrenos áridos y duros.


Además, de manera muy usual olvidamos que no somos el ombligo del universo. A menudo olvidamos que nuestro pequeño universo llamado cerebro es igual de importante que el universo de la mente de otra persona. Nos olvidamos del otro. Lo minimizamos. Creemos que el otro no es un ser que piensa, reacciona y se debate sobre cuestiones similares a las propias.





Deshumanizamos casi con tanta frecuencia como respiramos.


Cuando estamos enojados, olvidamos todos los momentos de felicidad. Olvidamos lo bonito de la vida, los pequeños actos que restauran la esperanza de un futuro mejor. Cuando peleamos con otra persona, especialmente con personas que han estado mucho tiempo en nuestra vida, olvidamos que ellos también tienen pensamientos complejos, que ellos también toman decisiones y se equivocan, que ellos también luchan por hacer de su propia historia algo que merezca la pena recordar.


Nadie quiere ser olvidado. El vacío es quizás el mayor de los miedos del ser humano, incluso más que la muerte, pues la muerte es asociada con un vacío, un lugar desconocido que nadie ha podido dar una explicación sólida e irrefutable.


Construimos máscaras de quienes somos, ideas que queremos dejar implantadas en las mentes de las otras personas de manera que, cuando llegue el momento indicado, podamos usar esa conexión que previamente hemos construido para nuestro propio provecho. Somos egoístas, pero con nobles intenciones. Queremos el bien, pero si para alcanzarlo debemos sacrificar una pequeña parte de la humanidad, lo pensamos dos veces.


Son máscaras que ocultan la parte más vulnerable de nosotros, aquella parte que nos asusta explorar por temor a lo retorcidos que podemos llegar a ser. Pero parece que olvidáramos uno de los principios más básicos de la vida: para que haya luz, debe existir oscuridad. Para que exista oscuridad, debe existir luz. Y es a partir de allí que decidimos qué versión queremos mostrar al mundo.


Es a partir que vamos destruyendo las máscaras que con los años hemos aprendido a perfeccionar, para reconstruirnos en nuestra versión más auténtica. Tanta mentira termina cansando al espíritu. “Tarde o temprano, la verdad saldrá a la luz.” Tarde o temprano, nuestra versión más vulnerable saldrá a los ojos de los demás, y es decisión de cada uno asegurarse que, cuando el momento llegue, esa versión esté lo suficientemente fortalecida para darle frente a los juicios y rechazos que las otras máscaras le harán.


Porque lo que más nos molesta de otros es lo que está más impregnado en nuestro ser. Lo que más nos negamos ser, el otro, nos lo refleja, para que seamos capaces de reconocerlo dentro de cada uno y a aceptarlo.


Nadie vive exclusivamente para la guerra. Nadie vive exclusivamente para el amor. Son dos espectros que, aunque parecen opuestos, comparten características que muchos de nosotros nos negamos a reconocer. Es un velo de incertidumbre que el ser humano apenas está palpando.


Nadie vive por una sola sensación, un solo sentimiento ni una sola razón. Vivimos por la variedad de opciones que la vida misma nos pone frente. Podemos decidir ser lo uno, o lo otro, o ninguno, o todo a la vez. La capacidad del ser humano de dividirse en múltiples facetas es inimaginable.


Ahora, esto no significa que todo deberá ser aceptado porque “él es así”, o “ella tiene el derecho por ser ella misma”. Para determinar los límites de lo que es posible hacer y lo que ya se vuelve irracional e incorrecto, se han creado los deberes morales y éticos, que delimitan al humano de una manera que tiene permitido seguir desplegándose sin incomodar al otro.


Así como gritamos ser entendidos, debemos aprender a escuchar el grito que hemos silenciado de los demás.


Por: Ana María Lotero



1 Comment


mireyacardozo
Apr 22, 2021

Fabuloso, me encanta la manera tan clara que Ana María nos habla de las máscaras que todos usamos atravesamos de nuestras vidas.

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