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Lo que trae y se lleva la lluvia

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 17 sept 2021
  • 3 Min. de lectura

Cuando llueve, más de una persona, como estoy haciendo en este momento, escribe alguna entrada en su journal, algún poema o alguna canción sobre la lluvia, sobre los días lluviosos, o sobre algo que les sucedió en un día lluvioso.


Recuerdo la cita de Sylvia Plath sobre este fenómeno tan curioso: “Hoy es el primero de agosto. Hace calor, húmedo y mojado. Está lloviendo. Estoy tentada a escribir un poema. Pero recuerdo lo que decía en el papel de rechazo: «Después de fuertes lluvias, los poemas con título ‘lluvia’ llegan a raudales por todo el país»” .


Puede que no sea agosto, pero está lloviendo. Y, para no caer aún más profundo en aquel grupo de escritores de lluvia, hablaré sobre otro fenómeno que llama mi atención. ¿Por qué le tememos a quedarnos solos con nuestros pensamientos?


Cuando llueve, no podemos continuar con nuestras mundanas actividades; si hay una tormenta mientras hacemos las compras en el supermercado, la naturaleza nos obliga a quedarnos en el almacén hasta que los rayos y los truenos cesen y se pueda regresar al auto sin quedar empapado; si hay una tormenta eléctrica y se va la luz mientras estamos en casa, un domingo como hoy, mientras vemos una película para rellenar el silencio de la casa al estar en redes sociales, nos sentimos vacíos.

Podríamos tener un libro para acompañar las siguientes horas sin electricidad, pero ¿si la luz se va en la noche? Entonces se siente como si alguien nos hubiera dejado en medio de la gran selva de cemento que es la ciudad, sin ningún equipo de supervivencia.


Nos sentimos solos, abandonados, desesperados.


Estamos tan acostumbrados al ruido y al caos, que un minuto de calma forzada nos paraliza. Escuchar los truenos a través de la ventana nos lleva a considerar lo frágiles que somos ante la fuerza de la naturaleza. Los rugidos del viento nos dejan ansiosos. Ver cómo los árboles, tan grandes y majestuosos, se balancean y repliegan a voluntad de la tempestad, nos lleva a preguntarnos ¿qué podríamos hacer nosotros, tan pequeños, tan mortales, tan de carne y hueso, para defendernos de una entidad tan primitiva y poderosa como los cielos que vemos todos los días?


Es allí cuando pensamos. Cuando dialogamos con nuestras preocupaciones del día a día, ahora tan insignificantes que ya no nos agobian como en un principio; con todo ello, empezamos a navegar en las profundidades de nuestros recuerdos, de lo que hemos hecho día a día en nuestra vida, de los momentos y las decisiones que hemos tomado para llegar a ese momento.


Y nos abrumamos. Al menos yo lo hago.


Ser consciente del grado de responsabilidad que cargo día a día sobre mi vida, sobre quién soy, sobre mi futuro, me recuerda lo frágil, joven e ignorante que soy respecto a la vida.


Hay quienes dicen, casi con desprecio o quizá con despreocupación (fingida, estoy segura), que no hacer nada los aburre. Son personas que rápidamente se inquietan si no están realizando una actividad, si no están hablando con alguien, si no están en movimiento hacia algún destino. Son personas que en los días de lluvia decaen anímicamente, que se desesperan por encontrar algo que hacer, que no se toman un par de horas con ellos mismos y conocerse mejor.


Son personas que, lamentablemente, han vivido tanto tiempo saltando de una experiencia a otra, de conversación en conversación, que no aprendieron a ser amigos de la única persona que nunca los abandonará: ellos mismos.


Sus propios pensamientos les dejan un mal sabor en la boca, aquellos pensamientos que se tardan en llegar al nivel consciente de la mente y que, una vez que lo hacen, inquietan. Buscan inmediatamente algo para sustituir esa voz interior, para acallar aquello que debería ser escuchado con atención.


He sido parte de esos individuos. Me he sentido tan incómoda con mi parte profunda, con aquello que jamás podría poner en palabras en una conversación, que he tomado el camino fácil de aumentar el ruido externo para acallar el ruido interno.


Pero también he sido del otro grupo: de los que se escuchan, de los que se atreven a cruzar esos pensamientos atemorizantes y perturbadores para seguir conociéndose, para llegar a buenos términos conmigo misma.


Entonces… entonces, la lluvia se detiene.


Entonces, el mundo continúa, y se olvida la lluvia.


Por: Ana María Lotero

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