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Preludios y Nocturnos

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 19 abr 2022
  • 3 Min. de lectura


Esta es otra de esas noches. Él lo supo desde el momento en que cayó la primera gota de lluvia al anochecer, y lo confirmó cuando sus padres se fueron a dormir temprano. Allí supo que esta era de esas noches infinitas, en las que es más fácil que deje de llover antes que él logre conciliar el sueño, aún cuando afuera reina un diluvio incesante. Allí, envuelto por su fiel cobija de lana, no logra quedarse dormido ni un segundo, porque su pensamiento es tan constante como la lluvia. Y si tan solo su pensamiento fuese variopinto y repleto de ideas, a lo mejor él podría soñar plácidamente. Pero en ese diluvio pensante, únicamente aparece ella. Ella, la chica que le robó el corazón sin más arma que su hermosa voz. Esa que si estuviese a su lado en la cama, le llevaría directamente al sueño de los justos.


Y es que él no puede entender cómo es que ella se metió tan adentro suyo con una conversación. Con una charla que no iba sobre absolutamente nada importante, y que otros habrían catalogado de banal. Pero para él, fue ese el momento en el que la conoció, el momento en el que por fin entendió que el resto de las personas con las que había conversado alguna vez no eran más que anfitriones imperfectos de su tiempo, y que únicamente pasaron por su vida para que cuando ella apareciese frente a él, fuese evidente que estaba ante su alma gemela.


Pero como la vida es una desgraciada, que quita en cuanto da, él reconoció a su alma gemela solo para comprender, en menos de un segundo, que ella nunca sería para él. En esta noche lluviosa, lamenta profundamente tenerla tan cerca y a la vez tan lejos. Le pide a la lluvia entre llantos que cambie su suerte, que le haga digno de entrar en su corazón, o que por lo menos convierta en besos apasionados esas despedidas en las que sus labios rozan las mejillas de ella, deseando desviarse solo unos cuántos centímetros hasta la comisura de sus labios. Pero la respuesta de la lluvia nunca llega. O tal vez sí, tal vez esas gotas que no dejan de caer le respondan algo, pero él no quiere escucharlas. Al final, lo único que puede hacer es pensar en ella, pensarla tanto hasta que el universo la traiga hasta sus brazos, o por lo menos lo lleve a él hasta los sueños de la mujer que le quita el suyo.


Él lo ha intentado todo antes de meterse a la cama. Leche tibia, una buena rutina de ejercicios en la bicicleta estática que su madre compró hace año y medio pero nunca usa, e incluso la clásica táctica de contar ovejas. Pero nada funciona. No porque estos métodos no sean efectivos ni mucho menos, sino más bien porque su mente ha decidido que esta noche no puede ocuparse más que en pensar en ella, aunque esto implique condenarse al infierno de no dormir. Y a pesar que desea con fervor visitar el mundo de los sueños, la verdad es que pensar tanto en ella, además de ser su tormento, también es su esperanza en el infierno.


Tiene la loca idea de que esos pensamientos, pasajeros de su recalcitrante amor por ella, algún día harán que el universo se gire y le conceda la oportunidad que lleva buscando desde que la conoció. Pide solo 24 horas a su lado, cree que son suficientes para conquistarla. Pero en el fondo, sabe a la perfección que dentro de este mundo plástico, lleno de ruido y furia, ya no queda espacio para los románticos como él.


De todas formas, él mantiene la esperanza. Después de todo, si la encontró, debe ser por alguna razón. No sabe si es amarla, pero hará todo lo que esté a su alcance para que así sea.


Y al final él tenía razón. Esta sí fue una de esas noches. Ya es de madrugada, la lluvia sigue cayendo, y sus pensamientos no parecen estar cerca de callarse. Sin embargo, aunque no duerma él sabe que tendrá la energía para levantarse mañana, porque sabe que la verá, la tendrá cerca. Probablemente no hablen, o probablemente sí, nadie lo sabe. Pero sea así o no, estará cerca de ella, tanto que casi podrá escuchar el sonido de las alas de ese amor que él desea que emprenda pronto su vuelo. Así que con eso en mente, acomodado en su cama y envuelto en su cobija de lana, él deja que esos pensamientos nocturnos lo transporten a ese escenario, y a los miles de posibles preludios que podrían dar comienzo a la historia de amor más bonita del mundo: la de él, el romántico empedernido y ella, la mujer perfecta.


Autor: Jordy León Bejarano



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