Un amor, pero propio
- Contenido Línea Prensa - El Ágora
- 30 abr 2020
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Entrar en la pubertad es la etapa más complicada que toda chica maneja, en especial si eres como yo. Por lo menos, yo veía a mis amigas crecer y volverse cada día más voluptuosas, más divinas y a comenzar a vivir experiencias que en nuestra infancia jamás pensamos vivir, o por lo menos yo no lo pensé.
Yo era una niña frustrada con su propio cuerpo, ¿y cómo no? si estaba en noveno grado y parecía una de tercero de primaria. Obviamente yo trataba de contrarrestar las cosas ignorándolas, algunos pensamientos eran como: “nada que ver amiga, no tendrás aún tus pechos muy formados, pero por lo menos puedes correr cómodamente” “Tranqui, eres linda… tu cara de bebé te quita edad y no te envejecerás tan rápido”; pero decirme esto era como mentirme a mí misma.
De hecho, en sexto grado llegué a pelear con una amiga por eso, en su momento fue algo que me ofendió como nunca, y es que, que se burlen de ti porque aún pareces de primero cuando ellas parecían de octavo, no es lindo. Ahora que estoy grande veo esa pelea como algo tonto, comparado con todo lo que tengo que afrontar hoy en día.
Cuando pasé a séptimo comencé a sufrir de bullying por un error y mi poco conocimiento en el grandioso uso de las tecnologías, ellos decían que solo eran bromas y que estaban jugando, aunque yo no lo veía así. ¡Por Dios santo! Era una niña demasiado frágil, sus comentarios hicieron que cayera hasta el fondo. Pasados tres meses, mi psicóloga del colegio me dijo que tenía depresión y ansiedad.
Durante octavo, noveno, décimo y once, tuve que seguir acumulando burlas, bromas de mal gusto y comentarios de quienes les encantaba recordar mi triste época. Llegué a conocer a personas, pero mi capacidad de confiar en alguien aún estaba completamente perdida, me costaba poder creer que le iba a gustar a alguien, de hecho, mi pensamiento más común era que lo habían obligado a hablarme. Con algunos simpaticé y hasta me ilusioné, pero a veces cuando crees encontrar oro, termina siendo cobre.
Pero en fin, me gradué, salí del colegio y estuve diez meses sin estudiar, tratando de sanar heridas, ya que decidí que si iba a comenzar la universidad, quería cambiar. Aún en mí había una niña que se encontraba asustada de lo que fuera a pasar. Sin embargo, se me vino a la mente lo que una profe de filosofía nos dijo un día en clase: “La universidad es un lugar en donde no te tienen piedad de nada, es un lugar donde a nadie le importas y nadie te tiene que importar. Hay gente muy madura, hay personas que van a saber más que ustedes, hay personas que los van a tratar fácilmente mal y ustedes tienen que saber prepararse psicológicamente para esto”. Sí, eso sonaba como que nos iban a lanzar a un campo de batalla, y aunque no es tan así, cualquier parecido con la realidad es la pura coincidencia.
Durante el tiempo en el que no estudié, siento que crecí, y no hablo de físicamente -allí sí se pierde la esperanza- por el contrario, dentro de mí creció la fuerza de querer ser diferente, de querer ya no ser una niña asustadiza, de ya no ser la 'princesita' atrapada, quería cambiar. Comencé por mi música, pasé a mi estilo de ropa, cerré ciclos con mi cabello. Comencé a entender que en mi había alguien que tenía brillo propio.
Cuando por fin entré a la universidad, empecé con el proceso de quererme mucho más, desarollé mis propias capacidades y descubrí talentos que ni sabía que tenía. Me comencé a rodear de personas que mantuvieran a su alrededor energías positivas, que en lugar de restar, sumaran. Que fueran capaces de hacerme sentir en paz conmigo misma, que tuvieran la capacidad de meterse a mi cabeza con una escoba y limpiar todos los pensamientos basura que de vez en cuando se metían.
Desde ese momento, he aprendido a quererme aún más, por ejemplo, mi sonrisa que para nada me parecía linda, alguien por ahí me dijo que mataba con ella más que con la propia mirada. Hace unos años, nadie notaba nada de mí, nadie notaba lo que yo decía, a nadie le importaba que yo llorara, nadie se percataba si hablaba o no. Sentía que me tenían pesar, me sentía invisible. Ahora, al día en que escribo esto, me siento feliz conmigo misma, me siento grandiosa e increíble. Solo guardo una pequeña parte de esa época y es la timidez. De ese abismo siempre se sale por propia voluntad, siempre se sale porque uno quiere. Como cuando un día te levantas y dices que ya no quieres desayunar pan tostado y ahora comes cereal, es algo así.
Todos salen agarrando diferentes rocas para trepar, por ejemplo, una roca importante en mi vida fue mi mejor amiga, un apoyo incondicional. Nunca creí en los libros de autoayuda y tampoco creo que exista “el secreto mágico” para aumentar tu felicidad. Yo pienso que el único método que hay para poder llegar a la superficie es uno mismo, el querer cambiar, el despertar un día y decir: basta. Ese día llega, ese día en el que dejas a un lado todos esos pensamientos, personases y maletas que cargabas. Un día levantas la vista y miras que todo es mucho mas fácil así, soltando.
Yo solté mi pasado para que no afectara mi vida en el presente, ni mi vista del futuro, ¿Tú qué esperas para hacerlo? ¿Qué esperas para ser una versión mejorada de es@ pequeñ@ tú?
Por: Isabella Suárez Gil
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