top of page

En el puente ya no hay brujas

Contenido Línea Prensa - El Ágora


El Puente de las Brujas está pintado de un color amarillo fortísimo que al pegarle el sol del mediodía, encandila la vista, con las esquinas de un verde brillante. La pintura es nueva. Se nota nueva. A principio de año no estaba así. Aunque la novedad de la pintura contrasta de manera casi insultante con el pegajoso barrizal en el piso, recién humedecido por la lluviecita perezosa que dominó toda la mañana. No hay mucha gente, unos cuantos a la orilla del río y los otros, la mayoría hombres, amontonados en las cantinas que ensordecen el ambiente con sus rancheras. Es normal, según el muchacho de la fritanga, que se hace en todo el frente del puente, los días más concurridos siempre son los festivos: el día de la madre y el del padre. “Sin embargo hoy salí a vender, porque 20.000 pesitos que uno se haga sirven.”


A diferencia de la sólida estructura, las razones de su nombre no son tan firmes, se dividen entre el escepticismo que asegura que proviene de las cuatro figuras que antaño adornaban sus esquinas, y la tradición, que se empeña en defender, generación tras generación, que el nombre del puente se debe nada más y nada menos que a las brujas que solían merodear por las orillas del río. Ninguna parte ha logrado sobreponerse a la otra y lo único seguro es que ni siquiera los habitantes vivos más antiguos han averiguado su procedencia y las versiones se multiplican año tras año.


“Eso dicen ¿no? Que se llama así porque aquí asustaban” se ríe él con una sonrisa amable, no lo suficiente para revelar su nombre, pero a cambio revela que hace 30 o 40 años, a las seis de la tarde, los antiguos moradores de la zona veían un pájaro negro de gran envergadura que se paraba en el puente, razón por la que nadie se atrevía a pasar, atemorizados por la presencia descomunal. “Aunque yo no sé, yo nunca he visto nada”, lo que es lógico porque apenas lleva dos años viviendo en Brisas del Jordán, parte corregimiento formalizado, parte invasión, y la época de las brujas lleva decaída desde hace un buen tiempo con la llegada de las antenas, del concreto y la pesca industrial. “Pero sí hay una vecina a la que dos o tres veces le han caminado en el techo y no la dejan dormir. La gente dice que es una bruja, sin embargo nadie ha salido a ver porque les da miedo.”


La hora avanza y la gente llega, pero no se queda, todos continúan hacia uno de los charcos más famosos del municipio: La Fragua, ubicado a quinientos metros de pura subida del Puente de las Brujas. Los pocos cuyo destino era el puente, se sientan en el pasto ya seco y sacan los recipientes del almuerzo, la gaseosa tres litros con los vasos plásticos y se aglomeran alrededor de la comida. El barro que inundaba la carretera destapada se empieza a resecar lentamente para volver a ser polvo como todos los seres.


Liliana, la vecina en cuestión, dueña de la tienda ‘Brisas del Jordán’, confirma lo dicho por el fritanguero: “Bien de nochecita se empezaban a oír pasos en el techo, como si alguien se subiera y empezara a pisotear con fuerza”, mientras lo dice se levanta de la silla ‘Rimax’ en la que está sentada y toma pose de tiranosaurio, zapateando en el suelo de cemento, “Pero yo nunca supe que eran brujas sino hasta que los vecinos me dijeron”, irónico, teniendo en cuenta que son seis años los que ha vivido en el lugar. El fritanguero, sin que ella lo supiera, presumió de sus habilidades frente a la incapacidad de los otros para resolver el misterio: “Yo sí la agarro, para ver si es buena o mala.” Todavía no ha tenido oportunidad de cumplir su promesa.


El río Jamundí, caracterizado por su agua turbia, sobretodo en ese pedazo, se encuentra sorprendentemente limpio, permitiendo vislumbrar las piedras de colores cálidos que se asientan en el fondo y, con el reloj casi dando las tres de la tarde, la gente comienza a meterse, probablemente azarados por el calor, al agua fría que baja de los Farallones de Cali en un recorrido largo de 41.2 kilómetros y sinuoso hasta desembocar en el Cauca. El río tiene el caudal bajo y tranquilo, debido al verano infernal que ha azotado sin descanso los meses anteriores.


La amiga de Liliana, sentada a su lado, disfrutando de la sombra brindada por el techo, dice con un acento impropio de la región, que tira más al cantado paisa que al destemplado valluno, que la elección del nombre es el resultado directo de una leyenda, de esas viejas que comparte origen incierto con las otras miles de leyendas que existen. Sucedió cuando la zona era menos poblada y más aislada de la mirada turística, cuando la parcelación Océano Verde era una finca con un área aproximada de 650.000 metros cuadrados, en ese entonces las señoras debían irse al río a lavar la ropa, a punta de fuerza manual porque la electricidad era un mito, a la medianoche –más o menos– llevaban a sus parejas para amenizar el ambiente. “Los pescadores que regresaban de sus jornadas, cruzaban el puente y oían risas que venían del río, pero como no veían a nadie les daba miedo pasar por ahí y entonces empezaron a decir que eran brujas.” Y las brujas con sus risas, reales o no, se inmortalizaron en los relatos que se les cuentan a los niños para asombrarlos y avivar su imaginación entre las aguas del río.


Al Puente de las Brujas se llega fácil, en carro o en transporte público, con lluvia o con sol, con brujas o sin ellas. Se coge por la vía a Potrerito, derechito y pasado los seis kilómetros, se desvía a la derecha. Si las indicaciones técnicas son muy confusas, pregunte por ‘La Cascada’ y los habitantes no lo dejan perderse, y si se va en la buseta, que sale todos los días del parque principal desde las siete de la mañana, diga que va para el Puente de las Brujas que el conductor le entiende sin problema.


Puede que haya brujas o puede que no, a lo mejor hubo en un tiempo lejano coloreado de sepia –quién sabe–, lo cierto es que el agua congela la piel al tacto y los rayos del sol calientan el ladrillo enmugrecido del exterior del puente, las piedras que el río no alcanza a sumergir y a los niños que juegan, salpicándose los unos a los otros, no muy lejos de la mirada de sus madres que se asolean sentadas en una piedra. Lo cierto es que no se va el Puente de las Brujas a buscarlas, sino a pasar un rato nadando en el cauce helado o a tratar de matar la sed con una cerveza en el estadero y restaurante Otto. Lo cierto es que la única bruja que uno consigue en estos tiempos es la figura de acero pintada de negro, clavada en la esquina izquierda del puente –como si fuera un parque temático– porque hay que alardear el nombre.



Por: Natalia Ulloa

Suscribirse

bottom of page