¡Es hora de aceptar lo Nuevo!
- Contenido Línea Prensa - El Ágora
- 30 abr 2020
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Las tribus urbanas son un grupo de personas que comparten hábitos y gustos, como la forma de vestir, el tipo de música que escuchan, la forma de hablar y la ideología. Estas personas, en su mayoría jóvenes entre los diecisiete y veinticinco años de edad, viven luchando a diario con falsos estereotipos que se tienen frente a la cultura urbana a la que pertenecen; el más conocido es que son “una partida de marihuaneros”, así lo manifestó una señora cuando le pregunté sobre lo que pensaba; lamentablemente, no es el único, por las cosas que practican, se suele creer que son personas arriesgadas y solitarias.
Para romper dichos prejuicios, después de pasar la lluvia, me dirijo a un parque donde hacen deportes extremos como skate, street workout, bmx, break dance, parkour, biker, graffiti y rap. Allí disfrutan desde los más pequeños hasta los más grandes. El parque ubicado en el barrio San Antonio del municipio de Tuluá, Valle, llamado “El parque de los sueños”, se ha convertido en una obra de inclusión –lo digo porque siempre dejan a un lado a la cultura urbana– muy importante para los tulueños. Seguramente el nombre va con aquellas cosas que añoran quienes asisten: buscar un espacio en la sociedad conservadora, que no ha dado lugar a las muestras de arte diferentes a las antiguas.
Llego al lugar y puedo observar que se encuentra inundado por no tener un desagüe. Cosas así ya son costumbre, aquí no hacen obras bien hechas, siempre queda algo que no encaja, para que en unos años se realice otro proyecto de “remodelación” y así, el político de turno saque su “tajada”. Para resolver este pequeño percance, dos jóvenes cogen una escoba que no tenía un palo tradicional, sino de guadua, a fin de sacar el agua estancada en la pista de BMX.
¿Será que estos jóvenes hacen lo mismo en sus casas? ¿Ayudarán a la mamá a hacer aseo? No lo sé, pero algo queda claro: si te gusta, lo harás así no te den la orden de hacerlo. Luego, cogen una espuma y la ponen en el suelo para que absorba el agua restante. Yo trato de sentarme en algo que no estuviera mojado, resulta casi imposible.
Por otro lado, empiezan a llegar los participantes de una competencia de rap, algunos en bicicleta y otros a pie. Hacen el saludo típico, chocar la mano seguida de un puño; mientras que cerca de quince policías custodian todo el lugar, “el comandante reforzó la seguridad acá, porque se formaban muchas peleas”, me cuenta un auxiliar de policía. Claro está que San Antonio es un barrio marginal, donde se presenta la falta de tolerancia entre sus habitantes; en otras palabras, no necesariamente quienes causaban estos actos eran los que hacían uso del parque, sino, que pueden ser personas ajenas a esta cultura urbana.
El cielo sigue nublado y la brisa fría que abraza el parque, empieza a romperse con el calor de la gente que poco a poco va llegando. “¿Esto por qué tan muerto?”, dice uno de ellos; a lo que le responden “¿qué quería con esta lluvia?”; otro dice “no lo creía así tan deprimente”. Me imagino cómo será cuando esté haciendo buen clima, seguro no cabría ni un alma.
Pasado un largo tiempo, llegan varias ventas ambulantes; un señor vendiendo mangos y solteritas, fue el primero, junto a un señor que vendía arepas con queso. No asisten más participantes al evento de rap, son seis en total, cada uno llamado por un sobrenombre artístico: Dyno, Faver, Meb, W, Pushi y Villa. Hablando de tribus urbanas, estos son llamados raperos, los cuales tienen la ideología comprometida con lo social, reflejando lo que pasa día a día a través de sus rimas.
Un chico con el cabello hasta el cuello y rapado a un lado, con un trapeador seca el lugar donde se harán las batallas. Han escogido un sitio estratégico en el parque, al borde de la pista de skate, como si pareciera una tarima. Este chico está vestido con un saco estampado, un jean, una pañoleta en su cabeza y una perforación en su oreja izquierda, al parecer uno de los organizadores. De un momento a otro este espacio se llena.
Todas las personas visten de manera informal, los hombres con jean o sudadera, saco o camiseta de algodón y tenis deportivos. Las mujeres se dividen en dos, las que utilizan jean con blusa corta y chanclas y las que utilizan short de jean con blusa y tenis deportivos. Muy pocos tienen peinados propios. Una chica tiene el cabello lleno de trenzas formando una cola con extensiones.
Un bafle y la memoria con los bi (bases), son indispensables para realizar esta competición, además de tres jurados. Cabe resaltar que no hay micrófono, los raperos deben hablar fuerte. Cada uno con sus particularidades a la hora de batallar, utilizando métricas, punchline, y calambur. Parece que se transforman al escuchar la base, la fluidez con que lo hacen da entender que no es la primera vez que lo practican. Las batallas se realizan en varios formatos, el más usado es 4x4, es decir, cuatro versos.
Un chico graba todas las batallas con una cámara Go Pro para posteriormente subirlo a YouTube. Al ser sin micrófono, la gente alrededor está en silencio y concentrada en lo que dicen los participantes, pues rapear se hace de manera rápida la mayoría de veces y con un vocabulario complejo de entender.
Termina la competición de rap, queda como ganador W y me voy del lugar. En el rato que estuve en el “Parque de los sueños” no observé el consumo de sustancias psicoactivas y tampoco se presentó algún tipo de pelea. Solo vi jóvenes sintiéndose libres, en un espacio público que fomenta la cultura urbana con sus nuevas formas de arte.
Por: Laura Duarte
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