La informalidad: Otra cara de la moneda
- Contenido Línea Prensa - El Ágora
- 30 abr 2020
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Era primero de mayo y el sol acariciaba a Cali en las horas de la tarde. Me encontraba caminando aceleradamente por el centro de la ciudad, al paso de las personas que ansiaban por llegar a su destino; con la prisa evidente de hallar aquello que necesitaban o volver a su trabajo después de almuerzo.
Me adentré en las calles de la galería cuando faltaban siete minutos para la una. Imaginé que, en una fecha como el día del trabajo, no habría tanto movimiento en el centro… pero me equivoqué. Era un día como cualquier otro y yo aproveché su normalidad para empaparme de los testimonios de aquellos trabajadores que solemos ver en las plazas, parques y lugares públicos transitados comúnmente por los ciudadanos.
Trabajadores honrados que se levantan día a día a vender sus productos y rebuscarse el trabajo para sostener su hogar, soportando el calor del día y el sin fin de inconvenientes que implican poner su puestico en la calle. “Vendedores ambulantes” les llamamos. Quienes, según algunos de los que circulan por las calles, “son personas que sólo obstaculizan el paso”.
Entre las calles inmersas de verduras, frutas y productos naturales, llamó mi atención una señora que, seguramente, no pasaba de los noventa años. Se hallaba sentada en una caja de madera con la cabeza gacha, ofreciendo a quien pasara -con una voz casi inaudible- el ajo y la cebolla larga que hacían parte del pequeño puesto que tenía enfrente. La acompañaba una clara expresión de cansancio, pero eso no le impedía continuar con su labor.

Decidí acercarme para saber un poco más sobre ella. Sus ojos rodeados de pliegues de experiencia me saludaron amablemente, indicándome el ajo que sostenía en sus manos y la pila de cebollas cabezonas que reposaba a su lado, manteniéndose intacta. Se presentó como Belinda Calambás y aseguró que pronto cumpliría ochenta años, de los cuales, sesenta ha dedicado a trabajar en el centro, específicamente en el negocio de las hortalizas.
Doña Belinda afirmó que siempre ha sido madre cabeza de hogar y que su trabajo, a pesar de ser agotador y demandante, es el único medio por el cual sostiene a su familia.

“Yo me crié aquí en el centro, siempre vendí ajo, cebolla de todo tipo y zanahoria. La compra no siempre es buena, pero mi hijo me ayuda vendiendo todos los días y con eso nos sostenemos”, afirmó.
Además de contarme espontáneamente sobre su trabajo, expresó las dificultades por las que ha tenido que pasar últimamente. Pues, además de encontrarse indispuesta físicamente por el intenso dolor de rodilla, teme por la seguridad de su puesto en la galería, ya que han acontecido hechos infortunios que preocupan al resto de vendedores en la zona.
“Hace como un mes quemaron esos puestos y todavía no se sabe quiénes fueron”, se limitó a decirme, apuntando hacia una esquina.
Después de aquel anuncio que me dejó perpleja, me dirigí rápidamente hacia el lugar que me indicó Doña Belinda. Desde lejos se podía contemplar un edificio calcinado, con puestos a su alrededor que parecían haberse recuperado hace poco y escombros que ocupaban gran parte de la calle.

“Nos quemaron los puestos manos criminales, exigimos justicia” decía en letras rojas uno de los carteles más notorios, junto con otro que ponía: “El sufrimiento de unos, no puede ser provocado por la ambición de otros”. Resultaba imposible pasar de largo haciendo caso omiso de los carteles exhibidos con el fin de pedir clemencia. Resultaba casi imposible entender el fantasma de la justicia, que rogaba por tener forma propia y manifestarse.
Justicia. Eso exigían los vendedores de la galería que, cabe aclarar, poseían puestos asegurados. A quienes el fuego, y un presunto autor implicado, les había arrebatado furtivamente sus puestos de trabajo una mañana cualquiera. Así lo aseguró Juan David González, de 18 años, dueño de uno de los últimos puestos que terminó quemado.
“El incendio ya va para un mes más o menos, fue un domingo y comenzó temprano; a las diez y media de la mañana y finalizó como a las doce de la tarde. Cuando llegué después de almuerzo, vi mi puesto totalmente quemado, hecho prácticamente cenizas”.

Tras preguntar las posibles causas del incendio, el joven sostuvo con firmeza que se llevó a cabo por manos criminales y había pruebas del incidente: “En un vídeo se muestra como una muchacha bien vestida ingresa por un callejón hacia los puestos. No se ve claramente su cara ni que hacía porque la cámara no deja ver, pero era la única que estaba ahí y demoró mucho en salir. Aparte, minutos después de que se fuera, se observó un fuego impresionante, como si le hubieran echado gasolina a todo el lugar”.
Según Juan David, las autoridades no quisieron seguir investigando el caso y hasta el día de hoy, no han dado respuesta acerca de la causa del incendio, pues insisten que todo se debió a problemas con la energía. Sin embargo, vecinas de su puesto de trabajo, aseguraron que ya pagaron un abogado para que continúe la investigación hasta obtener una respuesta.
Fueron múltiples las pérdidas y deudas a las que tuvieron que enfrentarse cada uno de los puestos afectados. Y, a pesar de ello, continúan exhaustivamente en la lucha de reabrir sus quioscos para sostener a su familia y obtener justicia. La misma justicia que se pronuncia en la contienda por la verdad y la igualdad de derechos que reclama todo un país.

Texto y fotos por: Isabela Salazar
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