La Loma se viste de letras
- Contenido Línea Prensa - El Ágora
- 30 abr 2020
- 3 Min. de lectura

Como todo miércoles, la popular Loma de la Cruz se prepara para ser una vez más el escenario del encuentro entre los versos perdidos y sus eternos amantes, los poetas supervivientes de lo urbano que salen en las noches al encuentro de su oasis. Aunque suelen decir que el recital comienza a las seis, el reloj marca las 6:43 p. m. y la mayoría de los artistas aún se hace esperar, al igual que el público.
Crujen las hojas al son de los pasos, resuenan los acordes de los primeros virtuosos y llegan las siete con quince bajo la tenue luz de los faroles, mientras los versos aún se ausentan, pero la magia no, porque ella siempre está inmersa en la loma, en sus artesanos, en sus caminantes, en sus niños, en cada uno de sus habitantes.
Los colores bañan el paisaje, especialmente los pequeños puestos repletos de artesanías, productos locales que pueden variar desde pequeñas piezas de joyería hasta enormes atrapa sueños, que se encargan de proteger los oscuros pasillos de cualquier presencia maligna que pueda entorpecer su belleza. Un hombre de avanzada edad observa con intriga el lente de mi cámara y se halla a si mismo contándome sobre su vida de artesano, los retos, prejuicios y miedos que no desaparecen, ni siquiera cuando las luces se encienden. De hecho, según él, se hacen más reales.

“Sé lo que pueden pensar… esta no es una práctica común entre los artesanos”, es la última frase que deja escapar, mientras se pierde de nuevo en su lectura con una única sonrisa asomada en la comisura de sus labios.
Pasan los minutos y los locales van cerrando sus puertas, las parejas se marchan y dejan flotando el recuerdo de sus sombras que se pierden entre escalones, de los cuales, surge un nuevo personaje.
Raúl Roa carga consigo su arte, porque dice no necesitar un local para llevárselo al mundo, ya que lo hace con sus propios pies. El tumaqueño pasa de persona en persona mostrando su tablero lleno de collares, manillas, pulseras y demás confecciones hechas a mano, contando cuentos sobre la luna, las estrellas y Jesús, otro caminante del mundo, como él le llama. No es religioso, es espiritual, en la máxima expresión de la palabra. Se agacha como si de un chimpancé se tratase y se ríe fuerte, con ganas, sin miedo, ni de mí, ni de mi lente.

“Mira mis pies… no soy un vago, yo soy un caminante de la vida”, me dice una y otra vez, mientras teje con alambre la cuna de una amatista, piedra purpurea que corresponde de forma protectora al mes de Octubre. Raúl, permanece en cuclillas un par de minutos más mientras los niños corren a su alrededor, la policía comienza a deambular y tres personas aparecen en medio de la oscuridad con un paquete de libros, un equipo de sonido y un micrófono a la espera de todo artista que se anime a pasar al frente.
Efectivamente, los poetas comienzan a llegar al encuentro de su flautista de Hamelin. Bohemios, rastas, hippies, adultos, jóvenes y niños, se hacen presentes en la intimidante rotonda, quizás no muchos, pero si los suficientes. Son ya las 8:20 p. m. y la loma se siente desierta, solamente se escucha la voz de cada declamador que toma el micrófono y los aplausos de sus fervientes oyentes.

Así transcurre el tiempo hasta pasadas las nueve, cuando el pequeño Sebastián asume la responsabilidad de dar fin a la jornada, después de la conmovedora intervención de una joven pareja y un intrépido hombre, que entre letras ansiosas, dejó escapar un mensaje lleno de deseo, lujuria y pasión. Versos fuertes, crudos y ásperos, que todos contemplaron sin prejuicio, ya que los protagonistas de la noche han sido el respeto y la completa devoción al arte.
Pero, ¿quiénes son estas personas?
Se han bautizado como ‘Poesía al viento’, un grupo de literatos que realizó su primer concurso de declamación el pasado mes de septiembre, en su lugar habitual, la Loma de la Cruz, donde se premiaron las mejores intervenciones con valiosas colecciones de libros bajo la premisa cultural de abrirle las puertas a los ciudadanos a un nuevo universo. Son una apuesta al arte y a la cultura, a los versos no dichos, atorados en suburbios de la vida urbana; una apuesta que se mantiene vida cada miércoles a la espera de más caleños que aprecien el arte, caleños que, infortunadamente, brillan por su ausencia.
Texto y fotos por: Valeria Ramirez
Comments