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Lo Útil de la Inutilidad

  • Valentina Vidal
  • 30 abr 2020
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 5 abr 2023




El olor del plástico fundiéndose a altas temperaturas penetra las fosas nasales; los alvéolos pulmonares colapsan al no poder realizar un intercambio gaseoso, llegando a un estado de hipoxia, esto provocaría la muerte de las células de todo el organismo. Es la explicación que entregó el Dr. Muñoz, al manifestarle dicha molestia persistente hasta dos días después de acudir al sitio y que, al ponerla en palabras coloquiales, se traducía como una dificultad respiratoria, por no estar acostumbrada a tal ambiente carente de aire puro.


Me vi en la necesidad de acudir a experticia y, después de tal visita, pude comprender el porqué de las voces roncas y constante frote nasal de quienes laboraban en aquel laberinto formado de basura y escombros.


Con una sonrisa de oreja a oreja y dientes casi tan blancos como sus canas, las ropas sucias y un casco de construcción que supone protegerle de algún aparente golpe; manos ásperas que ya no se lastiman al tocar el material hirviendo y que, al rozarlas, se sienten como una lija frotando la piel; se encuentra, al otro lado de las puertas de lo que unos llaman Escombrera o La Chatarrería, Fredy, quien considera ese lugar como una oportunidad laboral y una práctica de inclusión social, que lo acerca a las innumerables historias de familias desplazadas de sus lugares de origen.


El Asentamiento, es como aquel líder define a ese espacio de acogida, generador de empleo y a la vez de rehabilitador de jóvenes que, por medio del reciclaje, han logrado reinsertarse en una sociedad que exige sujetos productivos.


El recorrido por el lugar duró aproximadamente cinco horas; entre explicaciones, historias sobre anécdotas y uno que otro chiste flojo, se puede dar cuenta del panorama que arrojaba aquella ruta.


“En estos momentos hay más de veinticinco familias asentadas. Es gente que no tiene para dónde ir, sin dinero y además con niños… Lo que hacemos es darles empleo y un hogar provisional mientras logran acomodarse”, dice Junior, uno de los colaboradores.


A través de los pasillos formados por gigantescas paredes de bolsas plásticas, residuos orgánicos, piezas de autos, baterías de baño, metales oxidados, entre otros miles materiales reciclables, las historias iban aflorando y amenizaban el recorrido.


“El reciclaje ha sido considerado una labor deprimente, que es realizada por quienes habitan la calle, de muy bajos recursos”, explica Fredy. Sin embargo, los jóvenes que manifiestan tener ingresos de hasta cuatrocientos mil pesos semanales, lo contradicen.

Ellos son Efraín y Jhon, dos hermanos que desde los diez años se dedican al reciclaje y manifiestan su preferencia por esta ocupación por encima de los trabajos de construcción, donde laboraron alguna vez.


Mientras se disponen a separar el plástico de color del transparente, a cortar las bolsas para facilitar el proceso y a sonreír tímidamente, cuentan que, allí han logrado tener estabilidad y brindarles a sus familias tranquilidad y comodidad: “aquí es donde me he podido conseguir las cositas, compré moto, estamos terminando de construir la casita y le puedo dar el estudio a mi hija gracias a lo que me gano trabajando aquí”, confiesa Efraín.


El hogar de aquellos jóvenes se caracterizaba por la escasez y las deudas. Por eso, debieron interrumpir sus estudios primarios y dedicarse a trabajar para aportar económicamente en su morada. “Nos tocó dejar de estudiar porque había mucho que pagar en la casa, además había que pagarles el estudio a mis hermanas, entonces tocó salirse”, cuenta Jhon.


Aunque manifestaban que su función no exigía mayor esfuerzo físico, con solo un vistazo alrededor, se hacía imposible imaginar que dicha tarea fuese sencilla. ¿Cómo sería clasificar toneladas de basura en ocho horas que dura su jornada laboral?


El recorrido continuaba y los relatos no paraban. Una joven de cabello corto, portaba una gorra caqui, jeans bastante amplios y una camisilla deportiva holgada, prendas que no permitían generar una imagen de su contextura física. Tenía un canguro colgado en su hombro, áridos labios y mirada perdida. Una habitación forrada en papel periódico y fotografías de modelos extraídas de revistas, una cama alta pero angosta, techos de aluminio puestos como divisores entre un espacio y otro, y los infaltables escombros por doquier, se disponía a ser el lugar donde Helen contaría su historia.


“No estudio porque no tengo tiempo”, expresa con una seguridad propia de un gerente de multinacional. Aquella mujer con lo que la cultura definiría como “apariencia masculina”, es directora de su propia fundación “Fundaenpaz: jóvenes en acción”, en donde busca ayudar a personas de bajos recursos, desplazados que, como ella, no tenían hogar ni trabajo. Se dedica al reciclaje desde hace cuatro años. Con delicada pasión describe cómo ha logrado apoyar a “sus jóvenes”, como los llama con profunda apropiación, en aspectos académicos, laborales y financieros. En la medida en que continúa con su relato, su tono de voz se transforma con tristes y algo avergonzados manifiestos; acepta que, tras el consumo de drogas, su familia ha decidido hacerse a un lado. Sin embargo, algo indignada dice no visitarles, pues significaría ser internada en algún centro de rehabilitación y ella “no tiene tiempo para perder por esos lugares”.


El reloj indicaba la llegada de las 11:00 de la mañana y tras cuatro horas de recorrido, regresó Junior y, muy detenidamente, se dedicó a explicar con detalle qué se hacía con todo el plástico recolectado.


Las bolsas ya clasificadas pasan por un proceso de corte minucioso, en donde quedan como diminutas partículas que después pasarían por altas temperaturas para ser fundidas. Una máquina se encarga de formar finas pero largas tiras negras, resultado del derretimiento del material. Al final, se obtienen cortes de unos dos centímetros y así facilita el transporte y el uso que tendrá. Esto es lo que, en pocas palabras, explica dicho colaborador que tiene como función supervisar cada uno de los procesos para obtener un buen producto final; “aunque esto es artesanal, nos lo tomamos muy en serio, porque es nuestro trabajo, de lo que vivimos. Además, hay que tener calidad para que nos sigan comprando el material”, comentaba.


Culminando el camino de narraciones, atravesar un estrecho pasillo de paredes adornadas con grafitis y puertas de metal cada dos metros, que daban una idea del reducido espacio que contenía cada vivienda, me permitió encontrar a Yuri, quien hace parte de las 169.163 personas que habitan en los asentamientos caleños. Vive con sus dos hijos; Santiago e Ian de cuatro y dos años respectivamente.


Sonreía con el nerviosismo de una quinceañera sosteniendo el cuchillo que ha de rebanar el pastel de su fiesta de cumpleaños, mientras es aturdida por los flashes de las cámaras de sus familiares y la infaltable tía que no hacía menos de cien capturas, a la vez que corean el cumpleaños feliz. Era de entender dicha risa nerviosa, pues era de esperarse que actuase como una joven de cortos diecinueve años, a pesar de cargar con la cruz de la responsabilidad que supone ser madre a esa edad.


Mordía sus labios y desviaba la mirada antes de dar respuesta a cada interrogante. Se tomaba unos cinco segundos, que parecen muy poco, pero se hacen tan eternos cuando se formula una pregunta personal.


“Mi vida cambió cuando llegué aquí. Ya con dos hijos, mi mamá no lo permitió y me fui de la casa. Ahora estoy aquí y gracias al trabajo que tengo, puedo levantarme todos los días a llevar a mis hijos al colegio”, respondió con una seguridad impropia de su edad.


Cada uno de estos testimonios pertenecen a jóvenes que requieren atención del Estado, no es suficiente con encontrar ángeles de la guarda en el camino que permitan generar el sustento necesario para vivir. La labor de Fredy, el líder y quien brinda un empleo a dichos jóvenes, es respetable y maravillosa, pero es responsabilidad de la clase política asegurar que cada uno de estos relatos sea posible gracias a su gestión.


En el camino de la vida, se encontrarán muchas Helen que, a juzgar por su apariencia, jamás se pensaría es directora de una fundación; habrá uno que otro Efraín o Jhon, dispuestos a esforzarse por brindarle alegría a su familia. Podría toparse con un Junior, entregado a su labor. Una Yuri, con la llama del amor hacia sus hijos más viva que nunca y el empeño por verles educarse. Y si es de tropezar con un Fredy, trabajador, sensible y apasionado, lo que queda por hacer será, lo que indique el corazón atado a la razón.




Escrito para Línea Prensa Gescom - El Ágora. Todos los derechos reservados.



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