Sangre Salsera
- Natalia Ulloa
- 30 abr 2020
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 5 abr 2023

A los 14 años la mayoría de las personas piensan cosas normales: el chico que les gusta, la chica que les sonrío esta mañana en clases, la ropa que usarán en la fiesta el viernes, esa profesora gorda y regañona que les cae al hígado. Daniela también se preocupaba por lo mismo, por supuesto, pero había un asunto que no todos los chicos de su salón pensaban: abrir una escuela de baile. Nadie puede culparlos por eso, generalmente con 14 todavía estás protegido en el dulce pecho de tus padres que te brindan todo lo que necesitas.
Daniela Castrillón tenía 14 años cuando le dijo a su mamá, con voz firme y determinada, “quiero abrir mi propia escuela de baile”. A su madre, Marilú Castaño, le sorprendió la iniciativa pero no el motivo de esta: a su hija le fascinaba el baile, la salsa sobre todo. La veía bailando todo el día cualquier canción que sonara en la radio, antes de irse a trabajar y después del trabajo; participando en las presentaciones escolares con sus trajes típicos, llenos de volados y cintas de colores, siempre ávida y ansiosa por nuevos pasos, nuevos bailes que pudiera aprender.
Luego de que su papá, Alberto Castrillón, las dejara en busca de un futuro más esperanzador en España y que perdieran contacto por un tiempo, Daniela tomó la prematura decisión de ayudar a su madre y a su hermana mayor. ¿Qué mejor que hacerlo con su pasión? Para ella no había nada en la tierra que la hiciera más feliz que bailar, en su sangre que se alborotaba cuando las primeras notas de una canción llegaban a sus oídos, que la hacía mover los pies adelante y atrás y balancear las caderas de un lado al otro tan innato como el respirar.
“Tranquila, mamá, que no vamos a necesitar nada de ese señor”, le aseguró. Al principio a su mamá le pareció una ridiculez, tenía 14 años y la creación de una institución requería un millar de trámites legales, que no siempre eran baratos, pero Daniela es tozuda y obstinada. No dejándose frenar por eso, empezó a dar clases en un local verde escuelita al lado de su casa en el barrio Belalcazar, Jamundí, con un letrerito hecho por ella misma en cartón paja, que decía en letras alegres: Sangre Salsera.
En el 2013 Daniela culminó exitosamente su etapa escolar y, a diferencia de muchos otros, ella sabía lo que quería hacer, su profesión latía en cada bombeo de su corazón, en cada impulso nervioso ordenándole a sus pies que se movieran: no quería ir a la universidad. ¿Eso pa qué?, si la cabeza en matemáticas sólo se mueve para espantar el sueño y en español la boca sólo se usa para recitar cuentos, poemas y noticias. No importaba la carrera, sus pies estarían condicionados únicamente a desplazarse de salón en salón y sus manos atadas al destino de copiar en el cuaderno. Su mamá no lloró ni se quejó. No, Marilú conocía el amor de su hija hacia el baile y le brindó todo su apoyo, no importó que vivieran en una casita estrecha y asfixiante donde el comedor chocaba bruscamente con la sala, ni que cada año el mercado básico subiera teatralmente su precio.
El comienzo
Con tiempo y esfuerzo Daniela fue creciendo y, al cumplir los 18 años, su academia pasó de ser un sueño infantil a una realidad palpable. Tramitó todo lo que requería: el certificado del uso del suelo, el Rut, se registró en la Cámara de Comercio de Cali, facturó en la DIAN y ubicó la escuela en un local que se encontraba al otro lado de su casa. Pequeño lo adecuo y empezó a funcionar con los antiguos estudiantes y recibiendo nuevos, atraídos por la bulla y los gritos, el zapateo contra las baldosas y los movimientos enérgicos.
Para el 2015, luego de unas merecidas vacaciones, amplió el lugar. Detrás de la pared del fondo el local escondía más espacio, usado por una casa hogar que aún funciona allí, pero al lado. Daniela negoció con la fundación, logrando que le cedieran el espacio y entonces le puso espejos e instaló el equipo de sonido, traído de su casa; realizó una jornada con todos sus estudiantes un sábado para pintar la escuela, decorandola con franjas y claves de sol negras y fucsias (colores de la escuela). En la primera clase, le preguntó a sus alumnos cómo habían pasado sus vacaciones, la mayoría respondió que bien, que habían paseado y descansado, ella al contrario les dijo que no las había disfrutado. “Yo no me hallo cuando no estoy en mi escuela. No me encuentro”.
Cúspide
Daniela tenía grandes expectativas para la escuela, estaba creciendo y cada semana ingresaban estudiantes nuevos y, aunque a veces las mensualidades no alcanzaran a cubrir sus gastos tanto personales como de la escuela, Daniela no se desmotivaba, emocionada por el nivel que demostraba uno de sus grupos, Inicio juvenil, tomó la decisión de llevar por primera vez su academia a concursar. Sabía que iba a ser duro, que habría que invertir cantidades desmesuradas de tiempo y dinero; sin embargo, confiaba en el talento de sus niñas y en todo lo que les había enseñado, así que les informó que ese año participarían en uno de los concursos más grandes de salsa en la ciudad de Cali: El Salsa Ladies, que se realizaría en marzo del año siguiente.
Junto a su amigo Brandon Tovar, bailarín deportivo y miembro de la prestigiosa Swing Latino, finalista en la categoría On 1 Professional del Colombia Salsa Festival en el 2015, emprendieron la ardua tarea de preparar a las estudiantes para el evento monumental que se les avecinaba. El comienzo fue difícil, las niñas no estaban acostumbradas a la velocidad y energía que Brandon les exigía imprimir en sus movimientos, y los pasos de la coreografía no lograban quedárseles en la memoria. Pese a que el entreno se hacía cada vez más agotador, más desgastante, la motivación general no se perdía, ese aire de aventura y emoción que se respiraba en cada paso les permitía mantenerse en pie cuando creían que no podían más. En el camino algunas se retiraban incapaces de aguantar el ritmo, o porque simplemente bailar ya no les nacía.
Daniela las vio caer y llorar del cansancio. Las vio levantarse y azotar el pie contra el piso con fuerza. Recorrió el centro de Cali, en busca de la mejor tela para realizar los vestuarios, contrató la modista, se registró en el concurso y repartió las boletas. Consiguió el zapatero y tomó medidas para los quince pares de tacones que tenía que mandar a realizar. Ella y su mamá pasaron noches en vela decorando los vestuarios, azules y con el calzón forrado de hilitos blanco y azules que formaban una cortina gruesísima, adornados con un millar de piedritas milimétricas.
El 9 de marzo del 2016, se levantó a las seis de la mañana para peinar a sus quince estudiantes con ayuda de Brandon y algunas mamás. Se le fue toda la mañana corriendo de un lado a otro, planchando, peinando y cosiendo extensiones en el cabello. A la una de la tarde abandonaron la escuela en fila india, con la barbilla alzada y el caminar orgulloso, abordaron el bus que ella había contratado y emprendieron el viaje hacia el Coliseo del Pueblo. Llegaron a las tres y se presentaron a las diez de la noche. En el tiempo de espera, permanecieron paradas, con los pies hinchados y adoloridos en los tacones. Antes de la presentación, el sueño ya atacaba a la mayoría de personas que miraban al piso con los ojos entornados en su más grande esfuerzo por no dormir, pero cuando Brandon se acercó con una sonrisa y les dijo “ya les toca”, todo el cansancio se esfumó y fue reemplazado por una euforia y una ansiedad que les picaba en las planta de los pies. En la tribuna, Daniela, los padres y otros estudiantes saltaban, gritaban, aplaudían y silbaban cuando Sangre Salsera fue anunciada por los altoparlantes.
No ganaron el primer lugar y aunque quedaron de novenas, aquel puesto era el triunfo y el regocijo más grande que habían experimentado, porque siendo la primera vez que participaban en un concurso de tal magnitud, quedar entre los diez primeros puestos de un total de 36 alegraba el corazón de cualquiera. Ese relativamente pequeño triunfo les dio la fuerza suficiente para querer seguir participando, Daniela sabía que, siempre y cuando sus estudiantes tuvieran en las venas la misma sangre salsera que ella, podían lograr lo que fuera.
En Agosto del mismo año, Sangre Salsera se coronó campeón amateur en el Salsa Hombres.
Escrito para Línea Prensa Gescom - El Ágora. Todos los derechos reservados.
Comments