top of page

Y a propósito de días sin lluvia

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 30 abr 2020
  • 5 Min. de lectura

Era la 1:34 de la tarde, el sol me lamía la calva, ¡Sí, la calva! No habría otra forma para describirlo, justo ese día el calor era inclemente, pero... ¿Qué día no es así en Cali? ya debería estar acostumbrado a estos ajetreos y a los malos tratos que implica subirse en el masivo que, a propósito, ya lleva más de una década funcionando desde su inauguración en noviembre del 2008. Ha pasado bastante desde que nos vendieron la idea incauta de modernidad y nos sumergieron en una congestionada ciudad, quizá por eso es que me embargaba cierto aire de nostalgia, añoraba las rutas largas de la Blanco y Negro 6 que donde me subiera, siempre me llevaba a casa, o de las volteretas de la Papagayo 8, que hasta de arrullo me servían en esos largos tramos de extremo a extremo en la ciudad.


El caso era que Carlos no llegaba, me impacientaba esperándolo afuera de la estación de Cañaveralejo, justo en frente de Cosmocentro; el camino me había costado 50 minutos desde la estación de Chiminangos hasta allí, un trayecto razonable para las 18 estaciones que existen de distancia entre mi origen y mi destino. Le había dicho al hombre que quería tomar unas buenas fotos y distraerme un poco, porque entre la universidad y el enredo de mi vida, hasta ya se me estaba olvidando vivirla, le insistí que me hacía falta aire fresco, que había que salir; revisé mi teléfono, tenía dos llamadas perdidas de Carlos hace 12 minutos, supongo que para decirme que apenas iba a salir, o que le cogió un trancón en la T31. Guardé el aparato y entré, al fin y al cabo algo me decía que hasta de pronto ni vendría.


¡Sombra! Un alivio... mi cabeza descansa con el aire tibio que pasa por los corredores, cuando las poleas que, en un acuerdo mutuo, arrastran con velocidad de 5 metros por segundo las cabinas azules que a diario 40 mil caleños abordan, como turistas de su propia tierra.


Cancelé el pasaje y atravesé la registradora, camino por el pasillo principal evitando las franjas amarillas y las gigantes carteras de algunas señoras que pasan descuidadas mirando sus teléfonos, la fila estaba un poco larga y avanzaba con rapidez, delante mío un abuelo tomaba de la mano a su nieto, mientras lo miraba sosegadamente devorar con rapidez un helado de fresa semiderretido, atrás una morena robusta, alta, de trenzas rojas, regañaba a la pequeña que cargaba en brazos por tirar insistentemente al piso la muñeca de trapo que llevaba consigo.


Al fin llegó mi turno, las puertas abiertas no escatiman en efervescencia, es la ola incandescente que producía el metal, cuando es expuesto todo el día 22 kilómetros más cerca del sol; los 4 que conmigo iban en una cabina para 10, cesaron su murmullo al cerrarse la portilla, y al inicio de la marcha todos fijaron su mirada en el vidrio; por un momento sentí perder interés, miraba por la ventana divagando entre revoluciones utópicas y el almuerzo de la abuela que me había dejado la boca con un gusto hogareño, de pronto, como si echara un vistazo a imaginarios perdidos, me tomó por sorpresa el paisaje que se asomaba, allí el motivo del ascenso ganaba su valía y emergía el entusiasmo ante este horizonte criollo. La comuna 20 me sedujo a recorrer con mirada de asombro infantil, el refugio de algunos desposeídos que resisten las maniobras del sistema ingrato.


Cada una de las casitas pintadas tenía forma peculiar, se veían como un coral de tierra multicolor, extendiéndose incipientemente hasta la cúspide de este terruño de tierra nuestra, sus calles estrechas zigzagueaban con frenesí y cada dobles de esquina dividía el corredizo en dos, formando espirales laberinticos interminables. Me fijaba en sus techos, sus terrazas y ventanas, como buscando un rasgo familiar; miraba la ropa ventilarse en los tendederos, como añorando las calles que recorríamos con los pelados de la fundación rescatando gatos, o como cuando los colectivos juveniles se veían subir contentos con brocha y pintura en mano a darle vida a los murales que adornan la montaña hasta hoy, siendo una firma, un recuerdo inamovible de aquellos que ya no están o eso me decía Angelita, a quien quiero tanto.


Esta vez no quería pensar en los vástagos de la violencia, se me hacían ajenos, y no es por desconocerlos ni hacer de cuenta que son el polvo que se esconde bajo el tapete cuando a la casa llegan visitas inesperadas; sin dejar sus rostros en el anonimato pienso en ellos con pesar, con angustia y con impotencia, por ser ellos el producto segregado de nuestra indiferencia marrullera y yo por ser un turista tartamudo.


Esta vez quería pensar en la risa de los niños del lado, que con una magia cósmica se dejaban deslumbrar por la elevación, como si tan solo 2.080 metros de cable reforzado nos separaran del cielo azulado, de cómo señalaban con sus índices las aves que planeaban a nuestro costado izquierdo robándonos una sonrisa a todos los allí presentes, de cómo la luz que se colaba por las ventanas, iluminaba sus rostros con la tranquilidad de quien no se precipita hacia futuro.

Un sonido socarrón nos distrajo al entrar a la siguiente estación Tierra Blanca, nadie se bajó, acto seguido emprendemos de nuevo el ascenso, una estrella robó mi atención enseguida por su curiosa silueta, se erigía como un símbolo único de esperanza celeste, se exponía ella sola modelando blanco opaco para los turistas en el día y en la noche siendo lumbrera para los perdidos que buscan techo.


Y así recorrí este nuevo trayecto junto a la complicidad de mis colegas de viaje, que no descendieron sino hasta el final. Una tras otra dejamos a espaldas las estaciones que trajo consigo Metrocali cuando elaboró este proyecto prometedor en el 2001, desfilaron orquestadas al son de la voz electrónica que mencionaba sus nombres “Lleras Camargo y Brisas de Mayo”, mientras que yo miraba con afán el final al que nos acercábamos con prisa.

Se abrió la puerta, me bajé y sonreí a mis pequeños compañeros de travesía quienes me devolvieron el mismo gesto con dulzura, agitando sus manos mientras salíamos del lugar, sus acompañantes adultos asintieron con la cabeza, con sonrisa amable y un “hasta luego vecino” dieron por terminada nuestra camaradería, lo curioso fue que en todo el camino no cruzamos palabra alguna, salvo unas cuantas miradas y señas amables.


La comuna 20 estaba lejos de ser ese pedazo de tierra marginal y agreste de la sultana, a la que muchos se han referido con desdén. Para mí, parecía ser el hallazgo antropológico de la última década, había encontrado en la estrechura de sus calles el regocijo para afrontar las vicisitudes del mañana, y en lo pintoresco de sus paredes, la calidez de los hogares vallunos, estando allí, recostado en esa baranda amarilla, con el viento resoplando en mi cara, mitigando los rayos solares con el agua que guardaba en la mochila…


Me sentí pequeño, ante el mar de ladrillos y cemento que se explayaba por la ladera bajo mis pies, pero al mismo tiempo encontré en la cima el propósito del día, sin darme cuenta logré mi cometido, me desconecte del mundo, reflexioné sobre el porvenir y fui diluyendo mis pensamientos en futuros bienaventurados, para los niños de mirada fresca.




Por: José David Londoño

Comments


Suscribirse

bottom of page