top of page

¿Cali cívica?

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 30 abr 2020
  • 3 Min. de lectura

Una mirada introspectiva al transporte público



Caleños sofocados, apretujados entre sí. Discusiones irreverentes, saturadas de egoísmo y arrogancia. Roces desagradables, voluntarios e involuntarios. Conversaciones sin sentido para muchos, con el morbo intacto de dejar al descubierto al otro.

Situaciones como estas, van de la mano con muchas otras que, lamentablemente, se han adherido a la cotidianidad de los ciudadanos en el sistema integrado de transporte masivo (MIO), el cual lleva funcionando durante diez años en la ciudad de Cali.


Tomada de: El País.

Sabemos la infinidad de críticas que se desprenden sobre el célebre sistema de transporte. Las objeciones se limitan principalmente, a una evidente inconformidad por parte de los usuarios acerca de la cobertura en rutas, tiempos de viaje, e incluso, sobre las tarifas que incrementan conforme pasan los años.


Se recalca la mala calidad de un transporte que es utilizado por la mayoría de caleños, pero poco se habla de los problemas internos y de carácter cívico que se presentan diariamente, teniendo por protagonistas a los mismísimos usuarios.


¿Qué pasó con el civismo en Cali? Con las historias de largas filas para abordar el autobús, con la ciudad que valoraba el espacio público… ¿A dónde fue a parar el alto grado de responsabilidad social con el que contábamos anteriormente?


Ahora, es normal observar las abundantes e interminables filas en las estaciones más concurridas. Filas que finalmente, no se respetan o que, en otros casos, ni se realizan. Se volvió común desplazarnos con prisa hacia las puertas del vagón arrastrando y chocando al otro como animales salvajes, en un intento por encontrar algún espacio digno o contar con la dicha de sentarnos durante el viaje.


¿Esperar a que salgan las personas primero? ¡Qué va! Eso no existe. Mejor ir escabulléndose rápidamente hacia la entrada, haciendo caso omiso de quienes tratan de salir entre la cantidad de personas amontonadas, que bloquean el paso.


¡Y ni hablar de las peleas habituales! Me refiero a ese tipo de conflictos –en ocasiones, absurdos- de los que se han acostumbrado cientos de personas, en los que o se es espectador o se es participante. Pero en algo se ha de intervenir.


La variedad de emociones provocadas: felicidad, ansiedad o tristeza que se manifiestan por llegar a nuestro destino, se pierden completamente en un ambiente inmerso en hostilidad, estrés e indiferencia, que es capaz de transformar radicalmente nuestro estado de ánimo en cuestión de minutos.


Pedir permiso o ceder el puesto a quien lo necesite se observa con menos frecuencia. De hecho, tranquilamente podemos ser testigos de cómo una persona de tercera edad o una madre con su niño en brazos, transcurren su trayecto completo parados, aferrados a los soportes para no perder el equilibrio.


“¿Y si no lo hacen los demás, por qué lo haría yo?” es la pregunta que alguna vez se ha planteado cualquier ciudadano o realmente, cualquier persona. Pues, pese a no decirla abiertamente, se piensa, así sea de manera inconsciente.


Y ahí radica el problema de todo. El origen de muchas de nuestras decepciones está en esperar a que los demás actúen como nosotros mismos lo haríamos. Aguardamos la misma sinceridad, el mismo altruismo y reciprocidad, sin embargo, los valores, el civismo o los modales que nos definen, no son los mismos que habitan en mentes ajenas.


Tomada de: Utopicos.com

Definitivamente, es muy complejo restituir las buenas costumbres que hicieron de Cali la ciudad más cívica de Colombia en los años 70’s. Muchas historias de civismo en la ciudad se han desdibujado. Una bella costumbre de la otra Cali se está quedando sepultada en medio del fragor de una ciudad que ha ido perdiendo su identidad. Y no recae precisamente el peso de la culpa en una alcaldía o en una administración. La culpa recae en nosotros: usted y yo que hemos perdido el civismo.


Sí, Cali cambió. Y es que no podía seguir siendo la misma ciudad de los años 60’s o 70’s, con la llegada de inmigrantes de diferentes lugares del país. No obstante, esa variación es sin lugar a dudas, su mayor fortaleza, la misma que se atreve en apostar por los ciudadanos dispuestos a ceder la silla, a hacer la fila, a usar el transporte alternativo amigable con el medio ambiente, a botar la basura en la cesta y a reciclar. Aquellos ciudadanos que no vacilan con aportar cambio y traer devuelta la esperanza para construir con ahínco, “La Cali soñada”.


Tomada de: El País.


Por: Isabela Salazar

Commentaires


Suscribirse

bottom of page