El lazo invisible
- Contenido Línea Prensa - El Ágora
- 30 abr 2020
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A las tres de la mañana ella ya estaría levantada. Sí, a las tres, con el cielo oscuro y los efímeros vientos fríos que recorren Jamundí. Ya tiene la paila sobre el fogón crepitante, a la espera de que el maíz molido la llene y dé inicio a la caguinga, esa que luego constituirá la masa de la arepa que usted, mi amigo o mi amiga, se come al desayuno; la de la empanada que lo seducirá ya caída la noche con el estómago gruñendo y la del tamal que disfrutará felizmente en un día especial.
Sepa usted que Sonia Girón dedicó 50 de sus 83 años, única y exclusivamente, al maíz que todos nosotros ignoramos, ya acostumbrados a su sabor y a su presencia. “El maíz es la mejor nutrición. Vea, del maíz no se pierde nada”, declaró Sonia hace casi un año, bien parada en su puesto de la galería con la cabeza blanca y la espalda encorvada, pero la voz llena de energía.
Sonia empezó en el negocio de las tortillas a los 30 años cuando su suegra Juana decidió enseñarle y desde ese entonces, ocupó un lugar no sólo en la galería sino en los corazones de varios jamundeños que, increíblemente, todavía no saben que ya falleció. Y así como le enseñaron, ella también se dedicó a transmitir su conocimiento a sus 5 hijas, por lo que la tradición aún perdura en manos de su hija menor, María Celia García, quien ya no sale a la galería pero las vende por encargo. “Yo me acuerdo que ella me llamaba cuando estaba colando el maíz pa que yo viera como se hacía.”
Decisión inteligente, porque a medida que el tiempo fue avanzando, Sonia fue encontrando más dificultades para ejercer su labor y poco a poco fue alargando su horario de sueño, hasta levantarse a las seis de la mañana para envolver las tortillas “porque eso sí, mi mamá nunca dejó de envolver sus tortillas. Ella se sentaba, ahí en su asiento y dele”. Nunca se alejó del maíz, de ese alimento que en tiempos pasados fue sagrado.
La casa de Sonia, en la que solía vivir, es totalmente campestre y desentona con la movilidad urbana que compone la avenida circunvalar: los carros y motos pasando en ráfagas, el polvo y el aire caliente; la casa es una construcción colonial que está allí desde antes que su esposo, Idasio García, llegara al mundo. Una casa que vio un matrimonio florecer, once niños correr y ensuciarse al tiempo que el pueblo crecía en cemento. Ocupa una porción relativamente pequeña del lote, el resto se reparte en unos pocos árboles y galleras. Pavos y perros se pasean como Pedro por su casa tranquilamente. “Ese era el consentido de mi mamá”, dice María Celia señalando un pavo viejo y gordo que se acerca temerariamente a los perros, con la cabeza descolorida pegada al cuerpo en una posición humanamente innatural.

Y de esa casa, Sonia solo salía cuando era estrictamente necesario. “A ella no le gustaba salir, nunca iba a paseo, prefería que fuéramos nosotros”, por lo que el recuerdo de su mamá en la basílica de Buga hace un año es uno de los que ella más estima. En esa casa vivió Sonia hasta el día en que la muerte la sorprendió silenciosamente, aunque dando una pista constante que nadie supo interpretar: “Hija, lléveme al hospital que tengo como un desespero, nos decía mi mamá ese día”.
Sepa, también, que el único propósito de este texto es recordarnos lo que olvidamos a cada rato. Que cada vez que esté en la galería, sea la de Jamundí o en la de cualquier otro sitio, rodeado de frutas, verduras y quesos, y vea Sonias o Sonios se acuerde que incluso en la ciudad, todavía vivimos del campo.
Fotos y texto por: Natalia Ulloa
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