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Un Bronce que vale Oro

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 14 sept 2020
  • 5 Min. de lectura

Quizás no existen máquinas del tiempo, o tal vez el destino es lo único que puede marcar su historia. Su rodilla fracturó su vida poniéndola a prueba, haciendo que se supere día a día, sufrió una caída de la que siente no se puede recuperar, pero de la cual sus actos demuestran que aún sigue de pie.


Fue en 2013 que todo cambió, en 5 segundos su vida se fragmentó y después de ser la posible campeona del mundial de Karate y la favorita entre todas las ligas colombianas, Caroline no tuvo más opción que abandonar ese sueño, pues en los 5 segundos que quedaban de un combate ya ganado, mientras le hacía una barrida a su contrincante del Atlántico, esta se agarró de su rodilla haciendo que girara en contra de la dirección de la barrida y dejando una terrible lesión. En medio de la emergencia, sin equipos médicos o tan siquiera una camilla, ella fue sacada del Tatami por sus compañeros, entre la confusión y el dolor, su medalla se estaba desvaneciendo.


De su deporte dependía la mitad de su beca estudiantil como enfermera jefe, era mucho más que un sueño y ganas de competir, o como decía su padrastro –un capricho de momento- también estaban inmersas las esperanzas del resto su familia al tener la primer universitaria del hogar, y las ganas constantes de superarse, suficiente presión como para no saber qué hacer.


La emergencia la llevó a una sala quirúrgica donde la espera y la recuperación eran un desafío peor a los que ya había enfrentado, por distintas razones, como la corrupción en la Liga del Valle, las trabas que le pusieron distintas personas -incluido su entrenador- y la falta de apoyo económico por parte de la misma liga. Caroline tuvo que enfrentar su recuperación separada de su familia, viviendo por primera vez sola, buscando un nuevo rumbo que fuese mejor a la pesadilla por la que acababa de pasar, sin embargo, camino a Santander -el cual sería su nueva liga y lugar de residencia- la vida la sorprendió con el apoyo de su padrastro, pues fue quien logró dejarla instalada en un lugar seguro y con lo “básico” para poder sobrevivir.


Durmiendo en una colchoneta en un cuarto en el que podías tocar el techo con el simple hecho de quitarte una camisa, en el que cambiar un bombillo era tarea fácil para alguien que midiera 1,60, sobreviviendo con el sueldo de la liga de Santander, con gastos en la universidad y su manutención, Caroline superó cualquier expectativa, poco a poco logró salir adelante, ya después con la ayuda de su pareja, quien fue un gran apoyo al momento de pasar de su mano diferentes obstáculos, tales como no tener dinero suficiente para poder comer o transportarse. Vendiendo sándwiches en la universidad, gomitas, ganando distintas medallas, dando clases a niños y buscando distintos trabajos, ambos lograron instalarse en un mejor lugar, -poco a poco llenando la casa de las promesas que Dios le había hecho- como dice ella.


Antes de partir, Caroline y su hermano mayor Cristian habían discutido tan fuerte que dejaron de hablarse por tres largos años, pero entre tantas promesas que Dios tenía para ella, quizás la más hermosa estaba por cumplirse, tras una llamada y tantos años de silencio, su hermano le dijo que sería tía, parecía imposible, su novia era estéril, y el embarazo era de alto riesgo, pero todo salió tan perfecto que hasta el día de hoy es difícil de creer. Caroline se convirtió en la madrina de Christopher, la pequeña alegría que anda corriendo por la casa cada que hace visita, y que hoy tiene un hermanito menor.

Tras terminar su carrera profesional con todos los sacrificios que esta traía consigo y todo el tiempo invertido, Caroline pasó la noche que tanto había soñado -su grado- en la habitación de un hotel en Cuba, por un campeonato del que dependía una de sus tantas medallas y gastos. Pero la vida tenía aún más sorpresas para ella, ya que bien se sabe que conseguir un empleo en este país no es fácil y mucho menos para un recién graduado, sin embargo, ella no contó con ese inconveniente, puesto que la Clínica Foscal Internacional le abrió las puertas inmediatamente; esta, fue la clínica en la que se hicieron distintos procedimientos que en Colombia eran una novedad. Con un muy buen sueldo, Caroline logró estabilizarse por completo, pudiendo así regresar a la ciudad de Cali, reencontrándose con su familia, ya no en viajes efímeros sino en un contacto constante, disfrutando por fin de los sobrinos que le había regalado su hermano.


Este nuevo comienzo, aunque con tropiezos y con la tardanza del trasteo, hizo que dormir en el suelo fuera una aventura llena de amor. Mientras tanto, en la Clínica de Occidente, nuevas experiencias estaban por llegar, bien es cierto que la vida se puede perder en un instante, pero el intento por no perder una vida parece una eternidad.


Una de las experiencias más recordadas por Caroline sucedió hace poco, pues la enfermería es un oficio lleno de sorpresas, una paciente joven de 40 años fue a una cirugía de tiroides, pero momentos antes de entrar a la cirugía no podía respirar, tenía el cuello lleno de sangre y a la hora de llegar a la sala de cirugía ya estaba en código (en el instante donde la batalla se pierde o se gana), el médico estaba en otro piso y la única alternativa era quitar los puntos que tenía en el cuello. La paciente empezó a desangrarse, la escena parecía de terror, todos los presentes parecían sacados de Masacre de Texas. En eso, Caroline salió a correr por un médico, pero el que encontró no podía entrar por la ropa que tenía puesta, la paciente ya estaba de color morado por la falta de circulación sanguínea, estaba apunto de un paro, no podía respirar y su pulso era débil, sin embargo, a pesar de las manos temblorosas del médico, tomó el bisturí a mano limpia para poder entubar a la paciente y así lograr salvar su vida. Toda esta historia sucedió en menos de 2 minutos en una sala de cirugía a cargo de Caroline.


El deporte llegó a la vida de Caroline por medio de su hermanita menor, pues la pequeña vivía encantada con los Power Ranger y quería ser parte de su equipo, así que su hermana mayor tuvo que llevarla a los entrenos. Fueron las veces suficientes como para que Caroline se enamorara del deporte y este se convirtiera en su pasión más grande, porque aún estudiando, o ya siendo una profesional, ella no pudo dejar de lado este gran amor.


A pesar de la falta de una sede donde practicar el deporte o un simple entrenador, ella llegó a los últimos Juegos Nacionales de este año, después de entrenar día y noche sin la presión de ganar por defender una beca, el mayor reto al que encontró Caroline fue enfrentarse así misma, por lo mismo este último logro es la evidencia de su carácter: La medalla de bronce que para todos y aún más importante, para ella, vale oro.


Por: Alejandra Ñañez

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