El pez Koi de las tablas caleñas
- Contenido Línea Prensa - El Ágora
- 30 abr 2020
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“Para mí, todo lo que fuese no estar en clase era lo más divertido. Cuando estaba en el colegio, un día noté que un compañero salía de la clase y regresaba a las tres horas. Le pregunté por qué podía ausentarse sin que le dijeran algo y me respondió: soy del grupo de teatro. Ahí dije: eso es lo mío”.
Así inició el camino de un caleño con grandes aspiraciones que evocaban pasión y entrega por su arte: la actuación. Juan Calderón, actor, director de actores, padre, esposo y maestro, entre otros títulos que construyen al artista que deja alma, conocimiento y corazón en un escenario y en cada una de sus cátedras en su amada Casa Ocho, su escuela de formación actoral, que pasó de ser un sueño a materializarse en una casa del barrio Tequendama en Cali. Esta, con sus paredes pintadas de rojo carmesí, negro y blanco, colores representativos de las artes escénicas, crean un entorno de creatividad y se une a la inspiración con las frases que se encuentran plasmadas en cada una de ellas: “Si caminas por la vida sin desarrollar tu talento, eres un tonto que sólo ha desgastado sus zapatos”, entre otros conjuntos de palabras que direccionan el recorrido hacia el gran salón donde ocurre la magia.
“La primera vez que me paré en un escenario y recibí los aplausos del público, supe que esto era lo que quería hacer el resto de mi vida”, expresó Juan con una leve sonrisa que daba a entender que lo había logrado.
Tras diez años de preparación y doce con apariciones cortas en la televisión, tocó a su puerta la oportunidad que le otorgaría reconocimiento a nivel mundial y sería la razón por la que hoy, después de quince años, todavía se topa con seguidores y flashes, gracias al gatillero “Kevin Izquierdo” en la producción colombiana, El Cartel de los Sapos. Sin embargo, la montaña rusa de los medios, en especial de la televisión nacional, lo llevó del éxito a una forzosa pausa en su carrera que, hoy en día, pareciera que continuara suspendido en aquella época.
“Estoy como la mayoría de los actores: en modo espera”, asegura Juan Calderón apoyado en que con las nuevas plataformas digitales, la competencia aumenta y cada vez se hace más difícil lograr buenos acuerdos con remuneración justa para producir material de calidad.
La actuación y las artes en general son profesiones que cargan con infinitos estigmas y prejuicios, por parte de quienes son ajenos a este medio, tan anhelado por algunos y criticado por otros. “La gente cree que los actores somos borrachos y prostitutas”, dice el actor.
Varios factores influyen en el por qué se constituyen como quehaceres no anhelados. Se podría decir que ningún padre o madre sueña con que su hijo o hija crezca para ser artista; medicina, ingeniería, arquitectura, entre otras, son carreras que ocupan los primeros puestos de la pirámide de preferencias parentales, pero no actuación, no teatro, no artes.
No fue exactamente el caso del caleño que, por fortuna, contó de manera indirecta con el apoyo de su madre, María Eugenia. Con tranquilidad y cierto alivio, contaba que su madre nunca le prohibió estudiar actuación, pero sí le sugirió enfocar su profesionalización en un área más estable y luego podría explorar las tablas. Y así fue, una vez llegado a Bogotá y con matrícula en Comunicación Social y Periodismo, su silla en la universidad quedaba vacía tras optar por prepararse para lo que había decidido ser: actor, una simple y corta palabra, pero que desborda un sinnúmero de sentimientos, muchas veces encontrados.
Juan Calderón, hoy con participación en novelas como Bloque de Búsqueda, Nadie Me Quita Lo Bailao’, Cumbia Ninja (1, 2 y 3), Bazurto, entre otras, así como grandes producciones cinematográficas y montajes teatrales, cree que el actor nunca deja de aprender, que su proceso no termina y que cada vez más se debe hacer una búsqueda exhaustiva de las pieles que se quieren encarnar. No es fácil, ni lleva poco tiempo, pero el lograrlo denota un orgullo incalculable e incrementa los niveles de ego que, en el caso de los actores, Calderón califica de gigante.
También hoy, con su esposa María Isabel, sus dos pequeños Alana e Ian y su otra hija consentida y soñada, que le ha dado más pérdidas que retribuciones económicas, más problemas que soluciones, pero que cada vez que ve a sus “chicos” disfrutar de esas tablas que con tanto esfuerzo fueron dispuestas para construir sueños, vivir y disfrutar este arte, dibuja una sonrisa en su rostro, se le hincha el pecho y su corazón bombea regocijo. Casa Ocho es esa pequeña rebelde con la que nadie quiere lidiar y no se es capaz de abandonar, esto se le debe retribuir como responsabilidad a la inconciencia artística una mancha de los imaginarios colombianos.
¿Cómo hacer arte en un país que invierte más en guerra que en educación? ¿Cómo construir escuelas de formación actoral cuando el común piensa que en un pasatiempo o un capricho? ¿Cómo continuar con un sueño que ya hecho realidad, no satisface las expectativas?
Esta última debe haber cruzado la mente de Juan, quien ha estado a punto de tirar la toalla, pero que sus ideales y deseos se han convertido en el pez Koi que nada firme contra la corriente.
Por: Valentina Vidal
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