El sabor de la vida
- Natalia Ulloa
- 30 abr 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 5 abr 2023

Todas las noches, sin falta, Vicenta Mejía aparece frente a la entrada del supermercado Súper Inter ubicado en el Portal de Jamundí, con una mesa plegable y su famosa fritanga repartida en dos canastas, junto a ella viene la vecina que la ayuda y su puesto no tarda en rodearse de gente que se codea por obtener una empanada. Ella los atiende con una blanca sonrisa, desprendiendo tal amabilidad que los hace sentirse como amigos de toda la vida aunque sea la primera vez que compran allí.
Vicenta es una mujer de tez negra, alegre y amable, que se ha dedicado a la venta informal de fritanga por treinta años, aproximadamente, de sus cincuenta dos años bien vividos, según ella misma. Casada con Neimer Popó considera que su vida ha sido bonita, sin ninguna dificultad o drama de telenovela que empañen su gozo. Tiene tres hijos, los soles de su existencia, todos profesionales y dignos de su orgullo, mandarlos a la universidad no fue fácil pero tampoco una tragedia, a diferencia de otras mujeres, ella contó con el apoyo de su esposo en la ardua tarea de criar muchachos.
No recuerda mucho de su infancia, tal vez porque su memoria empieza a fallar o porque la pregunta la cogió por sorpresa, sin embargo recuerda que sus padres, Emérito y Emelda disolvieron su matrimonio cuando era todavía una niña, casi que sin conciencia del mundo. Tiempo después su papá volvió a casarse, con una mujer que resultó siendo la princesa en vez de la madrastra de Cenicienta que su mente había imaginado. Vicenta vivió una infancia feliz y plena, con sus amigos del barrio y sus travesuras en la escuela.
Cuando creció y se hizo una mujer, en la fresca etapa de los veinte, no quiso ser controlada por un horario, muchas veces absorbente, de una empresa, así que decidió que si iba a matarse trabajando para criar a su niña, la mayor, (y a los dos que vendrían más tarde) lo haría bajo sus propias reglas y en algo que le gustara, algo que le hiciera levantarse todos los días con ánimo de trabajar. Vicenta, animada por sus destrezas en la cocina, decidió vender fritanga. No trabaja los viernes, pero el resto de la semana se levanta desde bien temprano a preparar sus empanadas, sus papas aborrajadas y rellenas, toda esa comida típica del Valle que a su gente le encanta.
Empezó como cualquier negocio de barrio, sólo que con canastas en lugar de vitrinas y toda la confianza puesta en sus productos, esperando que fueran suficientes para darle una buena vida a ella y a su familia. Pronto empezó a coger fama y se mudó a la entrada del supermercado, perteneciente de la cadena independiente Súper Inter, que recién abría su local en uno de los barrios más antiguos de Jamundí. Una decisión bien tomada, porque hoy día, Vicenta es la celebridad no sólo entre los trabajadores del lugar, sino también entre las cientas de personas que van a realizar su mercado. Las empanadas son las que se venden más rápido, tanto que hay que hacer carrera para alcanzar a comprar una, hay que estarse atento como un jaguar a que aparezca la presa.
Vicenta se considera una persona optimista, agradecida con la vida por lo que no interioriza las situaciones desagradables que le han sucedido a lo largo de su trayecto en la venta de fritanga, “simplemente pasaron y listo”, ella no deja que las cosas negativas que entran a su vida le afecten y por eso siempre carga esa sonrisa cuando atiende a sus clientes, como si la vida fuera buena todo el tiempo.
Mientras espero a que Vicenta me atienda, la veo conversar animadamente con una vecina y, antes de que se marche, le regala un aborrajado.
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