El sol se queda en las noches
- Natalia Ulloa
- 30 abr 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 5 abr 2023

Nos encontramos, allí en la Secretaría de Desarrollo Social, cuyo propósito es propender por la divulgación, ejecución y desarrollo de las políticas públicas en la comunidad, en una oficina de no más de dos metros de ancho, solo adornada por el verde de las cajas de témperas aglomeradas en un rincón. La Secretaría está agitada y, antes de que pueda comenzar con las preguntas, una señora entra a la oficina, le informa que los refrigerios para los niños de una escuela no han llegado e intercambian palabras veloces que no entiendo, entonces, Sol María se levanta de la silla, le dice que allí hay unos pasteles y sale de la oficina, siguiendo a la señora.
Sol María Gómez Masmela nació el 7 de Enero de 1965. Vivió su infancia en un barrio, donde un árbol grande, grandísimo, marcó sus recuerdos de la niñez; un árbol que les servía de soporte para un columpio que hacían ella y sus amigos. Un barrio en el que jugó escondite y ponchado, un barrio que hoy recuerda con mucho orgullo; orgullo que se le siente sin esfuerzo en la voz cuando le pregunto por el nombre: el barrio Centenario. Barrio al cual, años más tarde, le gestionaría la pavimentación junto a su madre, Mery Masmela Gómez, la primera alcaldesa del municipio de Jamundí.
“Mi mamá todo el tiempo hizo trabajo con la comunidad y entonces nosotros íbamos con ella (…) Ella era la presidenta del patronato, la presidenta de la junta de acción comunal y nosotros siempre la acompañábamos, o yo por lo menos.”, recuerda. Dice que posiblemente es desde ahí, desde esos días en los que andaba con su mamá pa’ arriba y pa’ abajo, cuando le comenzó a gustar el trabajo social, pero afirma que “siempre ha sido política.” Ha ejercido el liderazgo desde que tiene memoria, aunque si hay que ponerle una fecha de inicio ella dice que más o menos desde los nueve años, tal vez diez. Fue monaguilla y catequista, hechos que define como “su primer proyecto político”, dado que cumplía con la misión de introducir y enseñar a los niños la religión católica.
La voz de Sol es suave, amable, dulce podría decirse, así como es ella cuando no está bajo el título de secretaria de desarrollo social; aunque no se pierde del todo el lado fuerte y seguro, el lado de líder.
La familia es una prioridad para Sol, tiene dos hermanas menores, Sandra y Meisy, la una artística y creativa, la otra más centrada en lo espiritual y en el colegio Mi Liceo Taller, que Sol misma fundó y que ahora cuenta con un centro de estimulación temprana a cargo de su hija Catalina. Su otro hijo, Pablo, junto a su esposa y su hija Simona solían vivir en Chile, pero ya están de nuevo en la tierrita. Su familia se conforma además por sus tres sobrinos: Laura, Juana y Jerónimo, su padre, Pablo y sus otros dos nietos: Martín y la recién nacida Emilia, hijos de Catalina. Sol no escatima en tiempo cuando se trata de disfrutar con ellos, ir a pasear, “ir a comer”, se ríe y remarca la r unos segundos, “Me encanta la comida, me encanta comer de todo.”
“¿Cómo me ven [sus compañeros]?”, pregunta retóricamente con la voz alzada en respuesta a mi interrogante, “Me ven como la súper jefe. ¿Le muestro?, ¿Le muestro cuando me dicen: Jefe, usted es la súper?” dice con ganas, con el tono de quien quiere asegurarse de que le creen. Pero luego considera con más calma, sin exaltaciones, que a lo mejor no es la “jefe jefe”, pero sí una persona con la que sus compañeros pueden contar, direccionar sus trabajos sin perder el respeto que viene intrínseco en la relación profesional, que la pueden ver como una amiga.
“Fúrica”, responde apenas la última sílaba de ¿cómo reacciona cuando una situación no sale como lo planeado?, abandona mis labios, mirándome fijamente con los ojos bien abiertos, “Fúrica”, repite y lleva las manos a su cabeza, sin llegar a tocarla, y aprieta los puños para enfatizar su respuesta. Admite que “se le paran los pelos” cuando un proyecto no se realiza, o no se desarrolla de la manera en que estaba planeado, que se enoja “un poco” y “empieza el derrotero”, dice para explicar que proceden a buscar las causas del problema inmediatamente “¿Por qué se dio esta situación? ¿Qué nos faltó? ¿Qué falló? La actividad no se dio como tal pero se tiene que solucionar.”
Durante el transcurso del encuentro varias personas entran a la oficina, la puerta siempre abierta, discuten algo y vuelven a salir; la entrevista termina, pero el trabajo en el segundo piso de la alcaldía de Jamundí no lo hace hasta que el sol se haya escondido por completo y la oscuridad invada todo el cielo. Yo me voy, Sol se queda, porque el título que carga demanda tiempo y esfuerzo.
El desarrollo social de un municipio se puede medir con cifras y porcentajes, cifras gigantes, porcentajes monstruosos y el metro con cincuenta de Sol no parece ser capaz de abarcar todo eso, pero su apasionado compromiso con el trabajo social que dignifique y mejore las condiciones de vida de la comunidad jamundeña definitivamente puede.
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