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Entre la lucha y la disforia

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 30 abr 2020
  • 5 Min. de lectura

Sus manos se paseaban por la espesura de un cabello recién rapado y por un momento, observé una mirada perdida y gacha; parecía incómodo, pero a su vez, curioso.


¿Qué ves cuándo te ves?


Me atreví a preguntar.


A lo que él, inmediatamente respondió: “En ocasiones, me veo incompleto, me siento inconforme...Es como si encerraras la identidad de un hombre en el cuerpo de una mujer”.


Fue la sensación que describió Sebastián Durán, estudiante de diseño gráfico y fiel amante de las artes. Quien lleva actualmente, un tratamiento hormonal sumamente estricto desde hace ya un año y se identifica abiertamente como una persona transgénero.


Numerosas preguntas le han hecho sobre cómo comenzó todo y, aunque no recuerda una fecha exacta en su pubertad, afirma que los interrogantes sobre sí mismo se remontan a la edad de 10 años. Una edad en la que sabía que existían personas “lesbianas y gays”, pero desconocía completamente el término con el que ahora se define.


Durante toda su vida escolar, estudió en un colegio católico que no quedaba a más de tres cuadras de su casa; de paredes azules y barreras eminentes. Barreras que, más que físicas, terminaron siendo simbólicas. Al fin y al cabo, un lugar que lo vio crecer a través del tiempo y fue testigo de su cambio, así como de su primera relación.


“Al principio me enamoré de una chica y viví esa parte de mi vida oculta de mis padres y de algunos compañeros… Después de un tiempo, se acabó la relación y me di cuenta que a pesar de haber estado con la persona que quería, sentía que me faltaba algo. Ahí supe que no era tanto mi situación sentimental; era más un problema conmigo mismo”.


De esta manera, un laberinto de dudas comenzó a tomar forma en su cabeza; que en ocasiones ignoraba, pero, inevitablemente, se extendían con el paso de los años. Fue entonces, a los 13, que emprendió una búsqueda rigurosa con el propósito de aclarar todo aquello que nadie estaba dispuesto a entender y mucho menos, a explicarle. “Empecé a investigar, ver videos y leer sobre las personas trans. Y me dije: bueno, tal vez por aquí es.” Expresó, con una mirada divertida.


Aseguró también, que la gente suele utilizar los términos transgénero, transexual y travesti de manera incorrecta y que normalmente, muchas personas tienden a confundir la identidad de género con la orientación sexual, cuando en realidad, son conceptos que difieren el uno del otro.


Cuando pregunté sobre el proceso de aceptación por parte de sus padres y la sociedad en general, su semblante cambió drásticamente.


Sí, su familia siempre supo que algo pasaba. Desde antes de los 10 e incluso, primero que él, notaron conductas que no correspondían a las de “una señorita”; vestir diferente y querer cortarse el cabello un poco más arriba de los hombros, al parecer, eran unas de ellas.


"Recuerdo que entre mis doce y catorce años no compré ropa para nada. Era una odisea y siempre acababa llorando".

Para sus padres, el proceso fue complejo. Principalmente, para su madre, quien seguía arraigada a la persona anterior a él; aquella que podía peinar y comprarle vestidos de vez en cuando. Por mucho tiempo, el término “transgénero” fue completamente ajeno para ellos, ya que de alguna u otra manera, se consideraba polémico y sobre todo, tabú. Y así, entre el desconocimiento de un tema que resultaba difícil de sentarse a hablar en casa, se terminó aceptando, pero al mismo tiempo, dejando de lado paulatinamente.

Tenía 16 años cuando decidió pedir cita -en compañía de sus padres- con un especialista, empezando un proceso de reconocimiento e identificación por psicología y luego pasando por psiquiatría. “Más que nada, el proceso era de rectificación para mí y de aceptación para ellos”. Pues según afirma, lo que le decían ya era algo conocido; había investigado lo suficiente como para empaparse acerca de todo lo que comprendía ser quien era.


“A pesar de todas las diferencias que hemos tenido y que todavía tenemos -en cuanto al nombre y el trato- ellos han sabido llevarla bastante bien. Después de todo, hay que ser consciente que tanto para ellos como para mí, no es nada fácil”, dijo con cierto alivio y consideración.


Sin embargo, la situación con su familia no era la única lucha a la que debía enfrentarse en su cotidianidad. Antes del cambio con hormonas, salir a la calle no podía resultar más incómodo; miradas furtivas lo perseguían constantemente, algunas curiosas, otras en cambio, demasiado altivas. ¡Y ni hablar de los comentarios y susurros despectivos que incontables veces alcanzó a escuchar!


“Siempre que voy en el MIO, al menos una persona se me queda mirando con cara de: ¿será un niño o una niña?... También, cuando iba a las tiendas, muchos vendedores me reiteraban que mi ropa estaba en otra sección”.


Pese a que se considera que las personas mayores tienden a tener una visión un poco más tradicional, Sebastián manifiesta que en ocasiones, ha recibido mejores tratos de personas con edad avanzada que de muchos jóvenes. Hace un año y medio, por ejemplo, cuando se encontraba apretujado en un MIo excesivamente lleno, tuvo un encuentro con un par de jóvenes que no pasaban de 25 años, quienes hicieron hasta lo imposible para que saliera de aquel bus.


Me miraron de pies a cabeza y dijeron: “Bájate, vos no tenés por qué estar acá… Das asco, bájate”.


“No quería armar trifulca, eran dos y no me iba meter contra dos personas mucho más grandes y mayores que yo para acabar mal, obviamente”. aclaró, mientras negaba con la cabeza, denotando indignación. “La gente simplemente se quedó callada, no dijeron ni una sola palabra... El MIO cerró sus puertas y avanzaron”.


¿Cómo es posible que esto pase?


Me pregunté, en la medida en que seguí escuchando una historia que probablemente, pueda repetirse. Encuentros como estos, han tenido que pasar personas que, al igual que Sebastián, viven una lucha diaria que va más allá de lo que comúnmente se ve y amenaza con debilitarse por la ineludible disforia. Un concepto poco conocido pero apremiante, que como él describe, es esa sensación de angustia y malestar al verse en un espejo; nada más y nada menos, que la responsable de convertirte en alguien inconforme y ajeno a tu propio cuerpo.

“Al principio, convivir con la impresión de que el cuerpo no es como uno quiere, que la ropa no le queda como uno quiere, es duro. Ahora lo manejo mejor, pues mi cuerpo ha cambiado gracias al proceso hormonal que he estado llevando”.


Su proceso ha sido todo, menos algo fácil. Sin embargo, cada día se reitera lo lejos que ha llegado y lo valiente que puede llegar a ser.


Ahora, que su voz se ha vuelto más grave y su autoestima un poco más firme, permite que la disforia se asome y presente en su espejo ocasionalmente. Esta vez, con la plena seguridad de que en cada visita le hará frente. Sin dejar de lado, aquel espíritu de lucha que siempre lo ha caracterizado.


Por: Isabella Salazar

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