Hablando de todo
- Contenido Línea Prensa - El Ágora
- 30 abr 2020
- 3 Min. de lectura

En Colombia existe un problema arraigado en la cabeza de todos sus habitantes, tan normalizado que a la hora de hablar de él parece invisible; la corrupción, es el cáncer más grande que ha tendió esta nación desde hace varias décadas. En un pueblo ciego donde los “inteligentes y estudiados” han sido los gobernantes, y por ende los dueños de la razón absoluta, pareciera que sus habitantes se quedaran sin voz, tal vez es el mismo desinterés, o la falta de escucha, pero el caso es que por años, las mismas familias han sido dueñas del poder, confabulándose la economía con la política, la avaricia con ganas de más poder.
Para mí, no es posible que todo un país se ampare en excusas, que lo único que logran es abrir más la brecha que existe entre quienes tienen poder y los que se dejan manipular, filtrando la corrupción en el diario vivir de las personas, desde la pereza de hacer una fila hasta el robo de 2.2 billones de pesos, como en el carrusel de la contratación, ejemplos mínimos de lo corrupta de esta nación.
Siendo el segundo país más biodiverso del mundo y poseedor del 15% de toda esta riqueza, pareciera que la cantidad de climas y ecosistemas no pudiese acabar, hasta ahora se conocen 54.871 especies distintas registradas, según El Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander Von Humboldt. También, hay que pensar que toda esta riqueza no es exclusivamente natural, ya que las culturas, costumbres, dialectos y formas de vida hacen de este paisaje algo sumamente bello, 6 regiones, en las que se combinaron los ancestros del mundo, dejándonos afros, indígenas, criollos, mestizos, mulatos en un mismo territorio.
Parecería lógico que la calidad de vida de las personas fuera al menos semejante a la cantidad de riquezas que poseen como país, sin embargo, esto no sucede en Colombia, ya que según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo: Colombia, es el 8vo país más desigual del mundo entre los 149 de los que la entidad tiene información, y no sería inconsecuente ante el grandísimo hueco fiscal que tiene el país el cual, hasta ahora, es de 30.5 billones de pesos; dinero que debería ser invertido en obras que vayan en pro del desarrollo de la nación, ciencias que ayuden a los distintos sectores del país, educación, salud, fomento y protección de la cultura, además del medio ambiente etc. Se han ido desapareciendo entre contratos y mermeladas, en descuidos y favores, en los que los ricos se hacen más ricos y los pobres no se dan cuenta, donde solo aparece el recibo de pago como una Reforma Tributaria de la que nadie se cuestiona.
Nos hemos acostumbrado a vivir de promesas y no de hechos, dejándonos vender por 25.000 pesos, un tamal, una lechona, o la preocupación absoluta de unos cuantos candidatos cada 4 años, cuando necesitan que aceptemos a sus nuevos ahijados para que el poder no vaya a caer en una mala familia o un apellido desconocido.
No podríamos saber si es la pereza, los simples engaños, la inocencia que se oculta en la ignorancia o la avaricia que esconden las mentiras y promesas de quienes deberían proteger y representar al resto. Lo cierto es que vivimos en El país de las maravillas, el del “Sagrado Corazón” donde “Dios proveerá” porque ni el salario alcanza para el mes, donde no tenemos coherencia entre lo que hacemos y las cosas de las que nos quejamos, país en el que no se puede exigir porque la respuesta llega en amenazas y a bala, donde hay buenos muertos, porque el valor de la vida se encuentra en su utilidad, o quizás en la conveniencia.
Se nos hizo cotidiana la falta de todo, tenemos un sistema de salud precario, una educación en la que parece que sus participantes se encuentran más en unas olimpiadas que cumpliendo sus derechos. Nuestra vida se convirtió en una ruleta en la que las oportunidades vienen acorde a la posición geográfica, porque usualmente la “buena vida" es exclusiva de la ciudad (y eso). Ignoramos que ésta falta de todo, se encuentra en los bolsillos de quienes deberían hacer justicia.
Por: Alejandra Ñañez
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