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La historia sin fin

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 30 abr 2020
  • 2 Min. de lectura

Tomada de: www.zonacero.com

En la Clínica Central de la capital de país, Jorge Eliécer Gaitán fallecía producto de dos impactos de bala en el pecho y uno en la cabeza. Con él se fueron las esperanzas, no sólo de los sectores más marginados de Bogotá, sino las de un país entero. Y su pérdida desató un infierno bien conocido en las calles de la ciudad y de otras en Colombia.


Cuarenta y un años después, Luis Carlos Galán también perecía a manos de intereses privados, desesperados por mantener su criminalidad oculta en las sombras.


Carlos Pizarro, candidato presidencial por el M-19, sufrió la misma historia tan sólo un año más tarde.


Y así podríamos nombrar a muchos más y olvidar los nombres de los otros que no conocimos, de los estudiantes, de los guerrilleros que no tuvieron otra opción, de los campesinos, esos nombres que nunca salieron en los periódicos ni en la televisión. Nombres que desaparecieron de la historia, muertes justificadas en la defensa de un enemigo disfrazado de comunismo.


La historia se repite, a veces sale en televisión y a veces no, pero nosotros sólo vemos: unos impotentes, con la indignación corriendo por las venas, picando en la punta de los dedos; los otros con indiferencia, bien acomodados entre los trajes de diseñador y sillones de cuero. Los hemos visto caer una y otra vez y no alzamos las voces por el miedo a que nos pase exactamente lo mismo, porque no somos ingenuos, sabemos el alto precio que tiene reclamar lo que no deberíamos estar reclamando: salud, educación, empleos dignos, no al menos en un estado que se hace llamar “social de derecho".


Hay otros que corren mejor suerte, entonces su preocupación por dichos reclamos es nula, porque ellos comen bien y estudian bien, algunos hasta son cómplices de las cabezas que matan gente a diestra y siniestra con el fin de callarlos. Sus voces no se alzan, demasiado cómodas en la garganta sana que los médicos atienden sin demora cada que se necesita.


Y en medio de todo este espectáculo del miedo que se han montado ellos y que protagonizamos nosotros, que parece no tener fin, lo único que me queda preguntarme es: ¿cuánto más puede resistir este pueblo diezmado a golpes? ¿Cuánto más podemos luchar antes de caer en la absoluta indiferencia del que cree que ya no se puede hacer nada?



Por: Natalia Ulloa

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