La problemática estructural de “unas pocas manzanas podridas”
- Contenido Línea Prensa - El Ágora
- 13 oct 2021
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En comparación con las épocas anteriores, hoy en día no es tan común ver que un joven sueñe con ser policía o anhele con ser soldado, ya que gran parte de la generación actual ven a estas instituciones con otros ojos, con odio, con rencor, y hasta con miedo. Estas mismas instituciones se han encargado de dañar su propia imagen, haciendo que, no solamente los jóvenes, sino que la mayoría de los colombianos hayan perdido su confianza. La Fuerza Pública, según el Ministerio de Defensa, está conformada por las Fuerzas Militares y la Policía Nacional de Colombia, estas tienen funciones diferentes, pero en pocas palabras, las dos instituciones actúan para el bien, la defensa y protección del territorio colombiano y sus habitantes, sin embargo, en muchos casos no sucede así. Para nadie es un secreto que con el paso de los años se han ido presentando cada vez más actos delictivos en estas dos entidades públicas, desde los sobornos y robos, hasta secuestros, violaciones y asesinatos. Y como cada acción tiene su reacción, todas estas acciones hechas por la Fuerza Pública han dado como resultado a una Colombia que no confía ni siquiera en quien tiene la función de protegerlos.
Todos estos hechos tienen sus debidos antecedentes, no hay una fecha u hora exacta registrada de cuando la Fuerza Pública se empezó a corromper, pero si retrocedemos un poco en el tiempo se puede visualizar cuál fue una de las principales causas o factores que iniciaron esta cultura corrupta y conservadora en estas instituciones. En 1948, año en donde se presentaba una crisis en el sistema político colombiano y también el surgimiento de la época de violencia en Colombia, se despertó el interés en la Fuerza Pública de ser partícipes en el ámbito político. El Bogotazo le abrió la posibilidad a estas instituciones permitiéndoles ejercer cargos públicos y tomar decisiones fundamentales. El rol de la Fuerza Pública (en su mayoría las militares) como actor político clave fue influyendo en la construcción cultural de quienes la integraban, ya que al aparecer las primeras guerrillas impulsadas por el partido Liberal y el Comunista, obligó a las Fuerzas Armadas a intervenir en momentos de guerra, creando inevitablemente en ellos una posición política mucho más aliada a la Conservadora.
Durante este contexto político, por obvias razones, la Fuerza Pública en lo que menos pensaba era en la educación y formación estructural de sus miembros (como raro, Colombia más pendiente de la guerra que de la educación). No fue hasta 1955 que se creó la primera escuela de comando. Las instituciones de la Fuerza Pública al obtener su alcance político ya no les interesaban servirle al pueblo colombiano sino al gobierno de turno, y así empezaron a cumplir un papel atemorizante al derrotar a cualquiera que estuviera en contra de este.

La posición política que se construyó en la Fuerza Pública influyó -y sigue influyendo- en la formación de sus profesionales. El testimonio del ex-teniente Sebastián Calderón lo confirma, él ingresó al ejército a sus 16 años y cuenta que: “Cuando uno entra a la escuela militar comienza a tener una transformación mental, (…) una transformación psicológica. Comienzan paulatinamente a meterle un enemigo en la cabeza (…) el enemigo es todo lo que sea oposición al gobierno”. También afirma que el ejército entrena sus tropas bajo un discurso político de derecha, que aunque tuvieran sus clases de derechos humanos, al salir de ella lo único que se escuchaba eran los discursos de odio hacia los opositores del gobierno, entre ellos la minga indígena, jóvenes universitarios, profesores, escritores, activistas o cualquier líder/lideresa que manifieste inconformidad.
Sebastián también habla de las famosas canciones que los obligan a entonar a todo pulmón en la escuela militar, una de esas era: “Yo quiero bañarme en una piscina llenita de sangre, sangre subversiva, sangre guerrillera, Mmm sabrosa, sangre enemiga”. El ex-teniente no es el único testimonio sobre estos cantos, son cantos de todo tipo, no solo yendo en contra de los guerrilleros, sino también incitando la violencia contra la mujer. De acuerdo con una columna de opinión publicada por Adriana Villegas Botero en el periódico La Patria, el canto que se lograba oír de los uniformados decía: “Yo nunca tuve madre, ni nunca la tendré, si alguna vez yo tuve, con mis manos la ahorqué. Yo nunca tuve novia, ni nunca la tendré, si alguna vez yo tuve, los ojos le saqué. (…) Con los pelos de mi suegra voy a hacer un estropajo, pa´ tallarle a su hija, el ombligo y más abajo". Por si no fuera poco, incluso hay cantos que mencionan directamente la violación: “Guerrilleros mataremos, su sangre beberemos, sus mujeres violaremos, sus hijos quemaremos”. Son canciones que distorsionan la mente de los jóvenes que se forman en las instituciones, lo que se ve reflejado en las cifras dadas por el Ministerio de Defensa, en donde se demuestra que en los últimos años se han iniciado 288 investigaciones a miembros de la Fuerza Pública por violencia o abuso sexual a menores de edad, entre esos, uno de los más impactantes fue el caso ocurrido el año pasado en el corregimiento de Santa Cecilia, Risaralda en donde siete soldados violaron a una niña de 12 años.
Para no irnos tan lejos, el paro nacional que surgió el 28 de abril puso a prueba a todos los uniformados. Soldados, policías e integrantes del ESMAD intentaban controlar la profunda indignación de miles de civiles, y como consecuencia de la mala y adoctrinada formación, los uniformados terminaron procediendo mal, al usar indebidamente su armamento, al estigmatizar, al arrestar arbitrariamente, al torturar manifestantes, al herir, violar y hasta asesinar a su propia gente, a su propio pueblo. El traje color verde encendido era la alerta de que probablemente la manifestación no terminaría en paz. Se ha demostrado que la vestimenta de los uniformados tiene una influencia psicológica en los ciudadanos, pero poco se habla de la influencia psicológica que causa en quienes la visten. Claro está que el uniforme les da autoridad, su atuendo tiene un impacto poderoso y esto ocasiona que cuando un policía se pone su uniforme él mismo se percibe de una manera diferente al público, lo que les puede generar un sentimiento de apatía hacia los civiles, sentimiento que es evidente día tras día al ocurrir tanto abuso policial.
No acabaría nunca si este texto se tratara de contar los delitos que se cometen a diario en las instituciones de la Fuerza Pública. Se hacen encuestas e investigaciones sobre esta problemática, y según un artículo publicado por el periódico El Tiempo, en un año se pueden capturar cerca de 600 uniformados por varios delitos como cohecho, hurto, extorsión, homicidio o hasta tráfico y fabricación de estupefacientes. Además de que muchos de estos crímenes quedan impunes o se dejan de investigar, crímenes organizados como los Falsos Positivos o las diferentes masacres en las cuales miembros del ejército han colaborado con paramilitares para asesinar y desaparecer personas. Como fue en el caso de la masacre de La Rochela (1989), la masacre de Trujillo (1988-1994), o la de San José de Apartadó (2005), entre otras.
La intención de este escrito no es denigrar la imagen de las instituciones de la Fuerza Pública, pues como dije anteriormente, ellos mismos se han encargado de dañarla. La verdadera intención es que podamos ser conscientes de que es un problema de fondo. Muchos de estos actos se ven justificados al indicar que “no son todos”, cuando claramente esto va más allá de unos pocos. Es urgente una reforma a las instituciones de la Fuerza Pública en cuanto a la formación y preparación, no únicamente física, sino también psicológica. Todo esto con el propósito de acabar con las “manzanas podridas” al hacerle una restauración completa a la raíz del árbol.
Por: Ana Ossa
Fuentes:
https://youtu.be/1Q5tCgiSnoc Entrevista a Sebastián Calderón
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