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Manifiesto del Letargo colectivo

Contenido Línea Prensa - El Ágora


¿A dónde fue la ilusión difusa de la libertad? ¿Dónde quedó el aire irreverente de la juventud? ¿Agoniza acaso el espíritu de la época? ¿Quién heredará la antorcha de la revolución, ante el fracaso social inminente? ¿Dónde renacerá la voluntad del cambio si es que aún hay voluntad?


Son quizás las preguntas que algunos como Yo a diario nos hacemos, los que aún pensamos que el futuro no es meramente un souvenir desnudo en una vitrina de Wal-Mart, o en algún otro almacén de cadena del “Tío Sam”; soy parte de los No invitados a las fiestas de la “alta sociedad”, donde los ricos discuten cómo pelearán los pobres sus guerras; pertenezco a los que alegamos por un puesto en la fila de la justicia social, porque sabemos que el panorama pensional no es muy alentador; hago parte de los que abandonamos el receptáculo donde yacen nuestros placeres, para convertirnos en un mamarracho desdibujado y desaliñado, todo por la indiferencia colectiva de los míos, para con lo suyo.


De donde venga yo, o lo que haga yo, es algo que quizás es lo menos importante mientras que estas preguntas indelebles sigan atormentando mi órbita craneal, ¿Será que soy de los que aún piensa que nuestros símbolos nacionales, no son más que la idea irrefutable de un patriotismo prostituido, por partidos de fútbol y reality’s de poca monta?


¿Dónde estábamos cuando nos talaron los árboles, nos quitaron los parques y nos mataron los ríos? ¿Qué hacíamos mientras nos robaban la dignidad, la moral y hasta algo de humanidad, solo por llenar los bolsillos de unos cuantos? Se suponía que éramos la generación del cambio, los testigos del nacimiento de una nueva era que necesitaba un vuelco vertiginoso, pero hasta ahora solo hemos demostrado ser la interpretación viviente de un mutismo colectivo, “el colmo de la ironía en el siglo de la microonda”.


Hemos sido quizá víctimas y verdugos, hemos visto como nos han despojado de nuestras tierras, que al fin y al cabo son más nuestras por trabajarlas; presenciamos cómo matan a nuestras mujeres, a nuestros hombres, a niños y niñas, a líderes y lideresas, y la pataleta no trasciende de la pantalla del teléfono y del PC, acto seguido lo olvidamos, como todo lo demás, parece que es más fácil olvidar, pero no nos culpo del todo, la mayoría escapamos ante esta realidad que nos atropella, que no respeta ni raza, ni religión, ni género, pero que sí respeta a las élites.


Por ello, he decidido que es aquí, en las letras, donde puedo desenvainar mi discusión, dar mi primera pelea, esgrimiendo palabras para evitar el olvido de los míos, de los santos, los demonios y los de doble moral, para que quede por sentado que no abandoné la esperanza de tiempos mejores, que respiro la voluntad del fuego, que sigo el camino del escritor, que mi fuerza de trabajo no está subyugada aún por los poderosos, que resisto y existo entre las clases de antropología y las cuentas exorbitantes que trae consigo la emancipación.


Pero no con ello alcanzo mi redención, porque la segunda pelea, me temo una vez más, la daré en las calles, gritando arengas contra el sistema corrupto a la luz del fuego de las llantas incendiadas y los corazones unidos en tiempos aciagos. Allí estaré, entre la multitud, junto a los inconformes como yo; me reconocerás cuando me veas en la tele, en el noticiero mentiroso del medio día o en el titular del periódico matutino, caminando en el último recurso del pueblo, ¡la manifestación social!; sabrás que estoy ahí, por mí, por vos, por los tuyos y los míos. Ahora que te imaginas donde estaré te pregunto: ¿dónde estarás tú?



Por: Jose D. Londoño

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