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Manos Milagrosas

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 30 abr 2020
  • 5 Min. de lectura


Sentada en su mecedora de madera, en el antejardín de su casa y observando a los niños del barrio jugar al fútbol o al escondite, está ella, esperando a que llegue el llamado de alguien para avisarle que una “preñada” está a punto de dar a luz y poner en acción sus manos milagrosas, su conocimiento y brillante inteligencia con la que ha creado sus infusiones de hierbas para que la madre sufra menos cuando tenga a su “muchacho”. Ahí está Lizeth, una mujer imponente, fuerte no solo física sino mentalmente, pues ha tenido que sufrir el abandono de su padre y la pobreza de su madre.


Es una mujer alta y de tez negra de unos 58 años de edad, a la cual le hace juego la esclera de sus ojos con su amplia y brillante sonrisa. Su hogar es Buenaventura, la ciudad que la vio nacer y crecer pero, adicionalmente, le dio todo de lo que ella en la actualidad presume y la hace sentir orgullosa. Es una mujer que cree firmemente en el poder de Dios: “Yo puedo dudar de muchas cosas pero no de la existencia de un todo poderoso”.


Su casa compuesta por tres habitaciones, un baño compartido, una cocina a medio hacer, dos ventanas de madera que permiten visibilizar lo que ocurre en las calles del barrio Viento libre, y un pequeño patio. No es muy lujosa en cuanto estéticamente se refiere, pero está construida con los cimientos más fuertes con los que se puede hacer un hogar: amor, comprensión, fe y esfuerzo.


Y en esta casa se escuchan los pasos de sus 3 hijas, la gruesa voz de su esposo Belisario y las carcajadas de sus 5 nietos que contrastan, para su satisfacción, con la dura niñez que tuvo que afrontar por todas las problemáticas que se estaban dando, no solo en su familia sino en la misma ciudad. Ella recuerda con gran cariño como fabricaba sus juguetes junto a su hermana mayor para poder divertirse, como salían a bañar y jugar en el aguacero con los amigos de la cuadra. Cuando estos recuerdos inundan su mente su cuerpo se invade de un gran sentimiento melancólico.


Su padre dejó a su “mamita” cuando estaba en embarazo y ella nunca más volvió a verlo, aunque se escuchaban algunos rumores como “Él ya cogió mujer y hijos”, “Ese fue pa chile a conseguir trabajo”, entre otros tantos, pero nadie supo darle razón con certeza de lo que ocurrió con aquel hombre. Admiraba mucho a su mamá porque la sacó adelante a ella y a su hermana lavando ropa y atendiendo partos como le había enseñado su abuela, le tocaba luchar fuerte para tener todos los días “su bocado de comida” en la mesa. Su hermana mayor cuidaba de ella cuando su mamá se encontraba trabajando y, aunque ambas empezaron la primaria, no pudieron continuar porque los ingresos que lograban conseguir diariamente escasa y ocasionalmente les alcanza para suplir sus necesidades básicas, pero no daba abasto para suplir los gastos que implicaba ir al colegio.


“El tabaco no puede faltar nunca y con la llama encendida pa dentro para que salga más humo”, afirma ella siendo inconsciente del daño que provoca esto en su cuerpo, y el gran reflejo de los años que lleva con este vicio es su amarilla dentadura un poco desgastada pero que de igual manera deja ver la felicidad que ha conseguido con mucho esfuerzo y dedicación.


“Mi mamá me enseñó a traer muchachos al mundo y a ella se lo enseñó mi abuela, yo se lo estoy enseñando a mi hija menor, y ella me ayuda en los partos para ir aprendiendo, también espero que ella se lo enseñe a su hija, no quiero que se pierda la tradición” dice ella. Ama lo que hace, aunque es algo cotidiano, todos los días se fascina y aprende más con un nuevo nacimiento, pero ya no le dan nervios como le pasaba al principio cada vez que iba a realizar su labor.


Es increíble como una persona puede disfrutar tanto de su oficio, hablaba con una pasión inigualable de sus experiencias, en especial de esa que marcó su vida, cuando asistió un parto en el que el bebé llegó muerto, pero después de un larga sesión de masajes en el pequeño pecho del recién nacido llevada a cabo por milagrosas manos pudo devolverle la vida, y ahora anda jugando feliz por las calles del barrio, no hay mayor felicidad para ella que esa, y su orgullo es enorme por todo lo que ha logrado.


En su casa, aparentemente común, se esconde una habitación que a sus ojos, es la que contiene más valor gracias a que ahí yacen todas sus herramientas de trabajo que se componen de diferentes hierbas y raíces del Pacifico e inundan la habitación de un juego de aromas en el que no puedes distinguir un olor del otro, pero juntos simplemente son exquisitos. A pesar de lo anterior, la principal causa del gran significado que posee esta habitación es que en ese pequeño espacio de 2 x 2, trajo ella sola a dos de sus hijos, sin la ayuda de nadie. Solo hasta que me contó esta gran hazaña pude comprender la magnitud de la fortaleza que posee esta mujer.


Maira, la hija menor de Lizeth, asegura que a ella no le gusta el oficio de la partería, se le hace algo desagradable y dice que no le piensa enseñar el oficio a su hija, a lo que la partera de profesión mostró mucho descontento y pude notar una pequeña fracción de decepción cuando escuchaba a su hija hacer esas aseveraciones. Lizeth también es una mujer muy tierna, al menos con sus nietos que, según ella, logran sacar lo mejor de su ser.

Gracias a que su excelente trabajo ha ganado reconocimiento en todo el Pacífico, las puerta se le han abierto para explorar otros horizontes más allá de la realidad de Buenaventura, pues ha tenido la oportunidad de viajar a otros lugares a capacitarse más cada día, además, ha conocido a mujeres que desempeñan su misma profesión, lo cual fue muy enriquecedor para su formación y desarrollo como partera ya que, como dice ella, “Uno nunca termina de aprender”.


“Yo trato de atender todos los partos con el favor y la gracia del espíritu Santo, él es quien me da la sabiduría para afrontar todas la situaciones que se me presenten, porque siempre está ahí utilizando mis manos como herramientas para obrar por medio de ellas y salvar a tantos niños y madres, que por la pobreza no han tenido la oportunidad de acceder a los doctores ni a los hospitales como tampoco lo pude hacer yo”. El talento de Lizeth proviene del poder de DIOS, quien hace que su instrumento de trabajo se dote de grandes virtudes, tornándolas en unas MANOS MILAGROSAS.



Por: Nathalia Ruiz

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