Pepita, una mujer que se convirtió en sombra
- Laura Duarte
- 30 abr 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 5 abr 2023

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como no saber quién es nuestra mamá, deja una incertidumbre para siempre. Fue la segunda madre de todos los ciudadanos andaluces nacidos entre los años 50 y 80, el ángel de los habitantes del campo, la eternidad de su esposo y el alma de su familia. Su nombre es Perpetua, una persona a la que no se le reconoció la perpetuidad de sus labores a lo largo de su vida, en el municipio de Andalucía.
Perpetua fue la primera enfermera en tener formación profesional en dicho municipio. Allí no había ningún hospital, pues el centro de salud quedaba en las instalaciones de la alcaldía, por lo que empezó a recorrer todas las calles de Andalucía, tanto la zona urbana, como la rural, en compañía de un médico para hacer control de natalidad y aplicar vacunas.
A pesar de todas las dificultades, Perpetua soñaba con ser una gran enfermera, encontrar su príncipe azul y formar una linda familia, teniendo siempre presente que lo más importante en su vida era la felicidad, la valentía y las ganas de luchar. Por esto, decidió entrar a estudiar bachiller en la ciudad de Tuluá. En ese lugar subió el primer peldaño, encontró a su príncipe azul, el hombre de sus sueños, el que fue el amor de su vida y el papá de sus dos hijas; su nombre era Alberto.
Su felicidad en ese momento era una casa que estaba empezando a tener los primeros cimientos. Para continuar con la construcción, tomó la decisión de viajar hacia la ciudad de Ibagué, para estudiar auxiliar de enfermería y más tarde a Fusagasugá para convertirse en una enfermera. Al terminar sus estudios ya tenía una hija y estaba en estado de embarazo, lo que le permitió que su casa ya tuviera los cimientos necesarios para que nada la pudiera derrotar, aunque cada paso le haya costado lágrimas y una pelea constante con el miedo a enfrentarse con algo nuevo. Finalmente, se radicó en su municipio natal donde se convirtió en una persona muy importante para la población y, es ahí, donde empieza la historia que no se reconoce.
“Se dio el caso que una vez llegó al hospital con una fractura en su brazo y nada que la atendían. Hasta que pasó un médico que si la reconoció y fue cuando la atendieron” dice su hija Julia con algo de enojo. Este médico sí recordó que era la heroína, la enfermera que no solo curaba a los enfermos, sino que calmaba el hambre de las personas siendo una líder comunitaria. Uno de los proyectos más resaltantes y que la dio a conocer a las personas de la zona montañosa, fue la repartición de leche, pan y aceite.
Era un convenio que había conseguido con una empresa de Estados Unidos. Ella era la encargada de repartirlo y de fijarse que este recurso llegara a las personas más necesitadas. “Para repartir la leche se iban en una ambulancia vieja y casi siempre se varaban en el camino. Entonces, tenían que coger las leches y echárselas al hombro”, manifiesta Julia.
¿Cómo es posible que Pepita haya sido olvidada por el pueblo? Las nuevas generaciones no la conocían, a sabiendas de que estas, nacieron gracias a que ella atendió el parto de todas sus madres. Sin embargo, al mismo tiempo que a Pepita la olvidaban, ella iba olvidando también a todos los de su alrededor y se metía en un mundo irreal dado por su vejez, donde se encontraba sola con su conciencia y con la lucidez que la visitaba de vez en cuando, para hacerla lamentar de sus enfermedades.
Ella olvidó todo, pero nunca el nombre de su esposo, la labor que desempeñó en su vida y el nombre de algunos de sus familiares, los que estuvieron a su lado hasta que Dios decidió que ya era hora de un reencuentro amoroso en el cielo con Alberto. La historia desapareció porque nadie registró en libros sus méritos y nadie se interesó en saber de ella, a pesar de que fue una fundadora.
Ella encabezó la junta para la fundación del hospital San Vicente Ferrer con un sacerdote; primero, se hizo la gestión de una recolección de ladrillos y cemento entre los habitantes del pueblo. Segundo, construyeron un Centro de Salud, donde inició trabajando Pepita en compañía de un médico. Luego, con ayuda del alcalde y el presidente de ese entonces que era Gustavo Rojas Pinilla, fueron construyendo el resto a finales de los 50. Contaba con enfermería, inyectología y odontología, su especialidad se convirtió en ser partera; Pepita con su vocación y amor por lo que hacía conquistó a todos sus pacientes. Se puede decir que la casa que llevaba construyendo toda la vida, ya tenía muchos pisos.
Pero esa casa que crecía todos los días al despertar, se cayó. En el mismo hospital que trabajaba falleció su esposo. “Ella no podía superar esa pérdida de mi papá, ya que ese par se querían mucho” dice Julia. Debió ser muy duro para ella, tanto que duró 2 años en crisis. Por fortuna, Pepita ya estaba por pensionarse para salir de ese sitio que ahora la perturbaba. Solo le quedaba un cimiento para estar en pie: sus dos hijas. Se pensionó y formó una guardería que le sirvió como terapia para llevar el duelo.
Una vez más se repite la historia. No son errores de la humanidad que esto pase, se volvió costumbre ir por la vida desinformados. Ellos, los que no les interesa saber los antecedentes de su alrededor, aquellos que recuerdan sólo por un minuto lo que pasó, los que no reconocen las buenas acciones, los que resaltan cuando ya no está en vida. ¿Es justo que pase esto? Tal vez su nombre era Perpetua para que quedara en la perpetuidad de todas las personas que se toparon con ella. Una mujer ejemplar como Pepita, no merecía que se convirtiera en una sombra. Sin embargo, por medio de estas palabras se pretende revivir una partecita de la gran labor que ejerció Perpetua a lo largo de su vida, con el fin de reconocerla, así sea demasiado tarde porque ella falleció el 20 de agosto de 2017 y mientras estuvo viva nadie lo hizo.
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