Periodismo, memoria y resistencia
- Contenido Línea Prensa - El Ágora
- 30 abr 2020
- 3 Min. de lectura

Para nadie es un secreto que en el país del sagrado corazón de Jesús los dueños de los grandes medios de comunicación informan, pero solo lo que a su parecer les resulta conveniente, negocios y alianzas turbias con distintos grupos políticos y económicos del país interesados en la explotación del hombre por el hombre, y donde los periodistas muchas veces terminamos siendo los “idiotas útiles”, peones de una partida de ajedrez reducidos a una mera herramienta, a un utensilio, usado para satisfacer las necesidades de aquellos que dominan el espectro político nacional.
Incluso algunos prostituyen el oficio para ganar adeptos laborales y no los culpo, tienen que echar algo al estómago, aunque sea un pedazo de pan amargo, eso alivia su conciencia manchada de mentiras; no soy quien para lanzar juicios, no mencionaré sus nombres, ustedes los conocen, los ven a diario, los leen a diario, saben quienes son…
Ahora bien, esto me lleva a preguntarme ¿Qué estamos haciendo nosotros los periodistas de a pie, para no ser parte de una maquinaria que amenaza con exterminar lo poco que queda de integridad y dignidad de un pueblo? es inevitable no pensar entonces en aquellos que han entregado su vida por esta profesión, que bien o mal tiene como propósito servir a la gente, transformar la sociedad, construir tejido social o por lo menos es lo que intentan enseñarnos nuestros maestros en las escuelas de periodismo, pero con ciertos tintes de hipocresía, puesto que muy bien saben ellos que nos enfrentaremos de por vida al sesgo incisivo de una sociedad que encuentra el goce en la sangre pululante de una foto en algún periódico amarillista, en las novelas rencauchadas de la tarde o en el boletín desinformativo matutino.
Hacer memoria acerca del periodismo verdadero, periodismo que ha resistido al abuso del poder bélico, ¡ES NECESARIO! para restablecer la dignidad de los que han dado la vida rehaciendo la verdad de nuestra historia. Es también retribuirle a la gente su derecho de saber, de estar informado, y de salir de la incertidumbre que deja la guerra. En Colombia, desde 1977 hasta el año 2015, han asesinados más de 152 reporteros por ejercer su profesión; la gran mayoría de estos héroes clandestinos trabajaban en medios escritos y pequeñas emisoras de la región, y su compromiso con el oficio y con las personas de su comunidad, los impulsaban con ahínco a denunciar, investigar y desmantelar hechos de corruptos o acontecimientos ocurridos en el marco del conflicto armado que se vivían en distintas zonas del país.
Resulta más que obvio que esta cifra de reporteros asesinados, adicional a los secuestros, las amenazas, las extorsiones y los demás obstáculos que han sufrido los portadores de la palabra, han hecho que el país alcance los más infames puestos en indicadores de libertad de prensa. Y es que si fuera por los “poderosos” nos abren la cabeza apunta de metralla, porque la palabra con verdad, incomoda al mafioso y al parapolítico, incomoda al guerrillero y al intelectual con ínfulas de insurgente que hiede a arribismo con su oratoria barata.
Por qué las letras son nuestras armas y los argumentos las balas para romper el silencio beligerante de un Estado sin voluntad social, para descubrir al predicador que se da golpes de pecho a plena luz del día ante los altares de cristo, y de noche ocupa la piel del pederasta.
Porque es un deber moral y ético desmantelar la red del violento, ya que la violencia no solo se ve en la calle o en el monte donde el hombre levanta la mano contra su prójimo, la violencia está presente cuando se roban el presupuesto de la salud, de la educación, de la cultura… Por eso el violento, el guerrerista, quiere apagar nuestra voz, sacarla de la frecuencia modulada, para perpetuar las injusticias y exterminar el pensamiento crítico e indiscutiblemente instaurar el discurso de la guerra, la corrupción y la muerte.
¿Saben por qué? Porque no hay profesión más humana, porque no existe oficio más preciso para ser la voz artífice de un cambio, porque los que tenemos por lengua una saeta de fuego somos la fuerza capaz de amenazar con derrumbar el orden burgués mundial.
Por: Jose D. Londoño
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