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Posibilidades

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 15 mar 2021
  • 5 Min. de lectura



Su pecho subía y bajaba a un ritmo más rápido del normal.

Sabía que sentía algo, algo lo estaba molestando, algo le impedía respirar con normalidad.

Pero no sabía qué, exactamente.

Podía tratarse del constante repiqueteo de aquella ventana de su cuarto que no se había molestado en cerrar, y por lo tanto, al llegar la noche, el viento la empujaba de atrás para adelante.

Podía tratarse del hecho de que había perdido su portaminas favorito, el plateado que le había regalado su padre cuando él había cumplido los doce años, porque sabía que su hijo sentía fascinación por los portaminas para realizar sus dibujos, que llegaron a ocupar la mitad del cuarto (ahora, sin embargo, solamente ocupaban amontonados un pequeño espacio en una de las repisas de su habitación).

Podía ser el hecho de que, a pesar de haberse levantado temprano, no había llegado a tiempo a clase.

Podía ser el hecho de que ni siquiera había importado haber llegado tarde, porque el profesor nunca llegó; ese día era clase de trabajo independiente, es decir, cada estudiante debía preparar sus trabajos finales fuera del aula.

Podía ser el hecho de que había sido obligado, de manera imperceptible por medio de la presión social de sus amigos, a ir a la plaza a voltear sin ninguna motivación (únicamente había estado allí, acompañándolos desde atrás porque no había suficiente espacio para caminar todos en la misma fila).

Podía ser el hecho de que ni siquiera habían notado que él era el único que no cabía en la fila.

Podía ser el hecho de que la música que ellos escuchaban no era familiar a él.

Podía ser el hecho de que había querido escuchar su propia música con sus audífonos, pero como la del auto estaba tan alta, sólo terminó lastimando sus oídos.

Podía ser el hecho de que durante el almuerzo habían revoloteado tantos bichos a su alrededor que terminó con dolor de estómago.

Podía ser el hecho de que había sido interrumpido en su único momento de soledad, de paz y de tranquilidad, para ir a una clase donde no hacían más que ruido e impedir que se dictara la asignatura.

Podía ser el hecho de que se había peleado con uno de sus amigos por tener la cabeza (y la boca) caliente, sin filtrar lo que pasaba por sus labios.

Podía ser el hecho de que sentía un vacío inquietante en su pecho cada que miraba a su alrededor, observando las sonrisas en los rostros de sus amigos y de las personas alrededor.

Podía ser el silencio mientras se devolvía a su casa, donde tuvo tiempo de repasar los (peores) momentos de todo el día.

Podía ser el hecho de que en su casa no había lugar a estar en silencio; no había posibilidad de estar solo con sus confusos pensamientos.

Podía ser el hecho de que sentía un nudo en su garganta al pensar en el portaminas perdido, en el momento en que lo había recibido y todos los años que lo había utilizado.

Podía ser que no sentía ganas de ser amigo de sus amigos.

Podía ser que en realidad, por más que los odiara en ciertos momentos, quería seguir siendo su amigo.

Podía ser que se sentía confundido.

Podía ser que se sentía agobiado.

Podía ser que necesitaba hablarlo con alguien.

Podía ser que necesitaba llorarlo con alguien.

Podía ser que necesitaba escuchar que no era el único que no se sentía bien.

Podía ser que necesitaba escuchar que es normal, a su edad, sentir mucho en poco tiempo, y luego no saber qué se siente al siguiente segundo.

Podía ser que necesitara soltarlo todo.

Podía ser que no necesitaba nada, sólo un tiempo a solas.

Podía ser que necesitaba llorar solo.

Podía ser que necesitaba ahogarse en su “no-sé-qué-siento-pero-siento-algo-que-me-ahoga” playlist.

Podía ser que necesitaba ver aquellas series que había dicho que terminaría.

Podía ser que necesitaba ver las películas que habían llamado su atención hace un mes.

Podía ser que necesitaba tomar aire, elevar sus ojos al cielo y darse cuenta de que no era el único ser en el universo.

Podía ser que necesitaba algo para sentirse vivo.

Podía ser que necesitaba alcohol para ahogar sus pensamientos (y sus sentimientos. Y su vida).

Podía ser que necesitaba hablar con un niño y darse cuenta de que la inocencia era la clave para su problema.

Podía ser que necesitaba hablar con un adolescente y darse cuenta de que eran simplemente emociones de la edad, que, a veces, es normal sentir demasiado, y sentirse ahogado en ese ciclón de emociones indescifrables.

Podía ser que necesitaba hablar con un adulto y darse cuenta de que el futuro se encargaría de aclarar sus dudas y guiarlo hacia el sentido de su vida.

Podía ser que necesitaba hablar con alguien viejo y darse cuenta que, al final, lo único que nos queda son los recuerdos de los buenos momentos, que no debía ponerle tanto tiempo a esos malos instantes y disfrutar de los que verdaderamente le hacen feliz.

Podía ser que necesitaba hablar con alguien viejo y darse cuenta que, al final, lo único que nos queda son los recuerdos de los buenos momentos, que no debía ponerle tanto tiempo a esos malos instantes y disfrutar de los que verdaderamente le hacen feliz.

Podía ser que necesitaba leer un libro de autoayuda.

Podía ser que necesitaba leer poesía.

Podía ser que necesitaba estar rodeado de naturaleza, reconectarse con el planeta y respirar.

Podía ser que necesitaba alejarse de todo lo tecnológico.

Podía ser que necesitaba un abrazo de su mamá.

Podía ser que necesitaba un abrazo de su papá.

Podía ser que necesitaba ver a sus amigos de la infancia.

Podía ser que necesitaba dormir un rato.

Podía ser que necesitaba dormir por tres días.

Podía ser que necesitaba unas vacaciones.

Podía ser que necesitaba alejarse de todo y de todos.

Podía ser que estaba deprimido.

Podía ser que estaba estresado.

Podía ser que estaba cansado.

Podía ser que estaba cambiando su estilo de vida.

Podía ser que aún no se había acostumbrado a los nuevos cambios.

Podía ser que quería morir.

Podía ser que quería vivir.

Podía ser que quería dejar de crecer.

Podía ser que quería construir su futuro.

Podía ser que quería vivir en el pasado, sin preocupaciones.

Podía ser que quería ir al futuro, lleno de emocionantes incertidumbres.

Podía ser que quería correr.

Podía ser que quería golpear algo.

Podía ser que quería estar bajo el agua.

Podía ser que quería sentir el viento golpear todo su cuerpo.

Podía ser que se quería sentir vivo.

Podían ser…

… podían ser tantas cosas.

Aunque él hiciera todo (y ya lo había hecho, a lo largo de toda su vida), sabía que seguiría sintiéndose extraño, fuera de lugar, aun estando en su lugar favorito.

Sabía que ese vacío seguiría en su cuerpo, aunque pareciera desaparecer de cuando en cuando.

Sabía que su manera de pensar no era saludable.

Sabía que sus cambios de humor no eran saludables.

Sabía que preocupaba a la gente, de a ratos.

Todo eso, él lo sabía.

Además, sabía que saltando del puente no solucionaría nada.

Pero, ¿qué otra opción tenía, cuando ya lo había intentado todo?

¿Qué hacer cuando ya no hay nada que hacer?

Era un día de lluvia.

Su respiración era escandalosamente fuerte en la soledad que le acompañaba.

El suelo estaba resbaloso.

Él dio un paso, no sabía si era hacia adelante o hacia atrás.

Sólo dio un paso.

Un paso hacia el infinito.

Un paso hacia los secretos del universo.

Un paso hacia el atardecer.

Su corazón latía con muchísima fuerza.

Ah, sí.

Por fin, sabía lo que sentía.

Vida.

Seguido del beso del eterno descanso.

Por fin, su corazón estaba tranquilo.


Por: Ana María Lotero



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