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Demasiado todo

  • Foto del escritor: Contenido Línea Prensa - El Ágora
    Contenido Línea Prensa - El Ágora
  • 30 abr 2020
  • 2 Min. de lectura


Ella era demasiado todo y al mismo tiempo, demasiado nada.

Era demasiado terca y demasiado indecisa.

Hacía escándalo cuando había que callarse y se callaba cuando debía hablar.

Torpe para un montón de cosas y sagaz para otro montón.

Era rara y parecía no encajar en ninguna parte,

Y sí lo hacía, se sentía demasiado forzado.


Era cobarde, como si el mundo fuera a morderla todo el tiempo.

A veces era demasiado valiente, como si nada le importara un carajo.

Se imaginaba muy confiada, pero era tan insegura que dolía.

No miraba a la cara cuando hablaba, aunque gustaba de retar pares de ojos ajenos en la calle.

Era dulce y amable, invitando al mundo a que la dañaran.

Era escondida y recelosa, sin posibilidad de conocerla.


Todos parecían amarla, pero no lo suficiente.

Jamás se sintió odiada por nadie, tal vez porque no le prestó suficiente atención.

No le interesaron los problemas de la gente, más no podía evitar escucharlos hablar.

Aunque trató de esfumarlos, los sentimientos ajenos se le hicieron irresistibles.


Su rostro sólo parecía saberse tres caras:

La pensativa, con el ceño medio fruncido y la mirada perdida.

La feliz, que utilizaba al tratar con todo el mundo.

La llorosa, con los ojos y la nariz incendiados en rojo.

Le restaba importancia a todos sus problemas, pero le encantaba armar drama por cualquier cosita.


Jugaba sus cartas como un dios cuando se trataba de ganar a toda costa.

Se reprendía después por su propia inmisericordia.

Pese a que sabía lo que quería, cambiaba el camino todo el tiempo.

Era consciente de que debía apreciar su vida pero se imaginaba un millar de vidas mejores.

Quería ser temida y amada

Admirada y envidiada.

Quería ser la moneda de oro resbaladiza que se escabullía pendida al hilo cuando cualquiera intentaba tocarla.

Quería ser el recuerdo atado al pecho que hacía sonreír sin remedio.


Yo malgasté mi vida tratando de alcanzarla, para darme cuenta de que siempre estuvo conmigo.

Me di manotazos en el pecho aprendiendo a amarla, a retenerla para que nunca me dejara.

Aunque ella se escapa cada que quiere y regresa cuando le da la gana, a veces extasiada, a veces exhausta.

Aprendí a reír de su boca sin razón y a consolarle el corazón ardido.

Aprendí a amarla sin culpa y a odiarla sin desengaños.

Y esperó que algún día, cuando me deje definitivamente, alguien aprenda todo esto también.



Por: Natalia Ulloa

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